Carta a José Luis Alvite

Hace ya casi dos meses que le dijiste a Carlos Herrera lo que te pasaba y desde aquello le doy vueltas a escribirte. José Luis, no somos amigos ni siquiera te conozco. Empecé a leerte hará unos diez o doce años y con eso has tenido más que suficiente para hacerme sentil mal, bastardo indolente. Desayuné con la noticia de tu doble cáncer y pedí a la cocinera que quemara mi tostada, así me probaría que soy más duro que tú.
No me he cruzado contigo por la calle y si lo hubiera hecho no te habría reconocido pero me inoculaste el desaire de la escritura maldita. Quiero escribir como Talese y rodearme de la gentuza que frecuenta Chester Newman.
No sé si te encuentras bien o estás silente en una cama con olor a naftalina escribiendo desganado pero quería decirte que ya no te guardo rencor por enfermar, se me ha pasado el enfado. Me apetecen más mafiosos paternalistas, boxeadores sonados, prostitutas entrañables, actrices pervertidas; quería más de todo eso pero he descubierto que no puedo echártelo en cara. Tengo que agradecer lo que has escrito y es lo que hago con esta carta.
Ojalá tardes tanto como para entregar algunos trabajos pero cuando mueras, José Luis, habrá una supernova dentro de tu cabeza, no podremos ver la luz que quedara encerrada en tu craneo, será catártico y acabará con esos dolores de alma tuyos. Y entonces aparecerá el agujero negro que arrastre a todos y cada uno de tus hijos. Llévatelos, porque sin ti moviendo los hilos parecerán vulgares personajes de novela negra barata.
Cuando te hayas ido, amigo mío, te velaré como a un hermano porque te debo mucho y ésa es la única manera digna que está en mi mano.
Recorreré el Medio Oeste en coche preguntando a los maleantes si te han visto, tomaré un bourbon en cada antro de Nueva York con la esperanza de encontrarte en el penúltimo, aun a riesgo de vomitarte encima; y le hablaré de ti a mis alumnos como he hecho hasta ahora, les diré que hubo un hombre que murió sin costillas porque las había gastado todas creando un Edén de alcohol, humo, sexo, sudor, asesinatos y melancolía. Ahora es un agujero negro que no pueden ver porque no tiene luz.

Quedarse en la pensión a dormir

“De aquellas reuniones se salía con sueño, hambre, cansancio, escepticismo, dolor de testículos y dolor de corazón. Alguien se fumaba un petardo, pero la cosa no iba a más y todavía se veía como muy lejano eso de los paraísos artifiviales. De momento, había que ir resistiendo con vino peleón las represiones oligarco-burguesas del capitalismo internacional patrocinado por la derecha española, como se decía en los momentos inspirados y lúcidos de la reunión. Allí conocí chicos de económicas y de periodismo, “los de periodismo son unos caguetas, van a integrarse todos en seguida”, chicas de Letras y poetas que almorzaban de vez en cuando con Blas de Otero.
La geografía nocturna de la ciudad no tenía nada que ver con el mapa municipal diurno, de modo que durante el día no habría podido yo identificar ninguna de las calles ni casas donde habíamos estado. Era un Madrid clandestino y silencioso que se borraba con la llegada de la luz, el despertar de las oficinas y la primera ronda de la policía armada a caballo.
Era mejor, me decía dentro del alma el pequeñoburgués provinciano, quedarse en la pensión a dormir, acostarse pronto, madrugar y salir a las calles, lo más presentable posible, a buscar un empleo, una colaboración, un periódico, un trabajo, algo. Pero la noche siguiente volvía a meterse en conspiración, amor, penumbra, huevos duros, whisky con té, películas clandestinas, musas de la revolución, pintores malditos y malcasadas que me miraban con ojos tiernos pero no acababan de decidirse, las tías.”

“Retrato de un joven malvado”. Francisco Umbral.