La espada de madera

Un niño escribió sobre la muerte en una libreta tamaño cuartilla. Eso pasó hace muchísimos años. No era un buen texto, incluso tenía fallos de ortografía, pero se notaba que algo le pinchaba hasta muy adentro. Decía que morir era perder una costumbre muy asentada, la de vivir, y como pasa con llamar de madrugada a la mujer que te obsesiona lo vas dejando poco a poco hasta que una noche no te acuerdas de hacerlo.

Aquel niño no conocía el sabor del vino pero tenía una sensibilidad especial que le hizo darse cuenta de lo que implicaba una pérdida. Las manos de la persona que moría se sentían igual salvo por lo salado de las lágrimas. Y como si hubiera escrito el guión de Origen con décadas de antelación, su espada de madera escondida bajo la almohada era el totem que le impedía creer que aquello era una pesadilla, que volvería a encontrarse con sus seres perdidos cuando despertase.
Mucho tiempo después ese niño ya conocía el sabor de la resaca en casa ajena, había madurado y sus ganas de ser un enfant terrible se habían transformado en el humilde anhelo de ser un burgués; y así sintió que pensar demasiado en la muerte era tan malo como pretender ignorarla. Miró a los robles que recibian la luz de agosto y pensó que la muerte debía ser algo deslumbrante. ¿Por qué si no habrían de cerrar los ojos?

Buenas maneras

Considerar el hecho de que la gente es inestimablemente vulgar hace que se pierda una pizca de compasión por la raza humana. Masticar con la boca abierta, hablar sin mirar a los ojos o follar con la luz apagada son fenómenos comunes en nuestro entorno, es algo innegable contra lo que merece la pena luchar.
Siento una ira flamígera cuando veo a un hombre acelerar la marcha para cruzar el umbral de una puerta antes de que lo haga la desconocida que se acerca. Estúpida estrategia que arrebata la posibilidad de mirarla por detrás.
Si Hannibal Lecter no hubiera tenido buenas maneras ahora sólo nos acordaríamos de él para hablar de “aquél tío que comía cerebros”, pero el caso es que machacaba la cara de aquél policía a porrazos como si estuviera mejorando un Kandinski.
No nacemos sabiendo cómo vestir en una boda de día en Mallorca ni en una puesta de largo en Sevilla pero es fácil saber estar en cualquier sitio si realmente nos preocupa hacerlo.
A algunos nos interesa porque, aunque no lo necesitemos: los modales visten, la cultura embellece y la elegancia estiliza.

La primera impresión

Vuelvo a ver El exorcista después de muchos años y me doy cuenta de que no va sobre una niña poseída: la película es el relato del ardid del Diablo para conseguir el alma del padre Karras. Esto me hace pensar en las segundas impresiones. George Clooney no sabe lo que significa eso, nos conquista a todos porque es guapo, rico, simpático y  el protagonista de O Brother! Es como aquél capítulo de 30 Rock en el que Tina Fey le explica a John Hamm que por ser tan bello y tan divino vive en una burbuja: todo el mundo le sigue el juego por su cara bonita.

El resto tenemos que trabajarlo un poco más: caer bien por comentarios inteligentes, ligar porque has encontrado la manera de que quiera resolver los insalvables traumas con su padre, tener un grupo de amigos para salir de marcha porque sois los cuatro que no tenéis novia; esas coyunturas vitales que hacen que podamos seguir adelante.

Hemos malentendido películas, pinturas, canciones, gestos, libros, incluso polvos, y es habitual que no haya oportunidad de rectificar esa idea formada. Conviene no darle muchas vueltas porque las ucronías son esencialmente imaginarias y no queremos amargar más nuestra vida con cosas que no sucedieron. Yo soy de juzgar a primera vista y no me ha ido mal, soy tan así que una vez rechacé a una mujer porque no había terminado su steak tartar. No me pareció de fiar… y acerté.

Los hombres que amamos a las mujeres

Es algo automático que no decido, un impulso, un tic, una reacción involuntaria: cada vez que tomo un par de copas en casa pongo música de Loquillo. No pretendo ser un especialista en el hombre, no puedo cantar todas sus canciones, no tengo tupé (aunque podría) ni pienso vestir siempre de negro; pero acepto con sumisión la vis atractiva de ese lugar incómodo que es sentirte más guapo que el resto. Ojalá poder dejarte caer sobre el micrófono susurrando “la ciudad es tan grande pero tu amor tan pequeño”  mientras las adolescentes cuarentonas te miran con la boca entreabierta arreglándose el pelo como si te estuvieran quitando la camisa.

Un padre lleva a su hijo a dar un paseo el día antes de que vaya a la universidad, le dice que sea responsable, serio, maduro, trabajador…el hijo asiente devoto y pregunta si también puede divertirse. El padre le dice que por supuesto puede divertirse pero nunca de las mujeres. Y es que no importa que te la hayan jugado una o mil veces, no hay putadas, cuernos, gritos, jugarretas, antojos, manías, juramentos sin cumplir o polvos sin echar que puedan justificar el hecho de no tratarlas como iguales a las diosas.

Eso se lo debieron decir a Loquillo en algún momento. Uno se puede reir de todo pero las mujeres están ahí para adorarlas, incluso cuando cantaba desesperado podías notar que era algo muy serio para él. Por favor sólo quiero matarla a punta de navaja besándola una vez más.” Ahora sólo le preguntan por política y yo siento que los periodistas malgastan ese tiempo con él: preguntadle por las mujeres, joder.

He vuelto.