Actores muertos, bares cerrados

Paseando tranquilamente por Madrid me cruzo con gente que murió hace ya algún tiempo. Los mecanismos de comercialización han conseguido que el fallecimiento de una estrella de cine se dilate meses, incluso años. Hay publicidad de La entrega que enfrenta a James Gandolfini con Tom Hardy y me siento como Simba hablando con un Mufasa que se aparece entre las nubes, condenado a desaparecer al primer parpadeo. Murió en Italia hace más de un año y no conseguimos quitarnos de encima esa nostalgia de los patos que se fueron; y es que el Ayuntamiento Madrid debería dejar un cartel de la ultima pelicula de Gandolfini para que yo tenga un sitio adónde ir a sufrir mis ataques de ansiedad.

La madurez es notar que los actores que mueren se van acercando a tu edad y yo tengo una frontera autoimpuesta desde hace muchos años: Bruce Willis. Cuando él muera sentiré que mi juventud se destroza en mil pedazos contra el suelo a cámara lenta como aquella taza de marca Kobayashi que usaba Chazz Palminteri: estaré preparado para irme. Se trata del tempus fugit aplicado a las palomitas, un imperativo natural que a cada cual le pincha donde le duele. No sé si cuando muera Robert DeNiro se seguirá usando Twitter y habrá muchas menciones pero estoy seguro de que muchos se sentirán ancianos de golpe. Se trata de la identificación que inconscientemente realizamos para sentirnos parte de la manada.

A mí me duele especialmente la muerte de actores y escritores, después del cierre de algunos bares, por supuesto. Cuando ves a pintores o albañiles en la puerta del garito donde fuiste un desgraciado muy feliz se desmorona otro edificio del Seseña de tu alma que es la adolescencia (impetuosa, irresponsable, embustera y decepcionante). El lugar donde conseguías que las mujeres te hicieran caso, la barra pegajosa que olía a ginebra, los chupitos que te hacían correr hacía el baño, ay, ese baño mancillado con derrotas de borracheras y victorias de amor fugaz. Lo único peor que ir a un bar que ames y esté cerrado es que no conozcas a nadie dentro, que haya habido cambios de ritmo, notar que estás desfasado y, por lo tanto, la diferencia de edad con tus contemporáneos se ha distanciado. No quiero dejar de ver a Gandolfini como imagino que otros no querían dejar de ver a James Cagney, supongo que eso me convierte en una persona madura. Maldita la gracia.

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George se quema

Escucho una respiración atropellada y caótica: es la mía. Abro los ojos y veo menos que antes porque la luz no es sinónimo de nitidez, la realidad gana complejidad con los píxeles pero eso no significa que esté más clara. Como el padre en The Road intento animar a mi acompañante, y a mí mismo, diciendo que somos los portadores del fuego; la cosa es que llevo tres días sin fumar y me sobran los mecheros.
Tengo una personalidad que tiende a la depresión y por eso llegué a pensar que podía vivir de mis libros, hace ya un tiempo asumí que lo único que iba a sacar de mi forma de ser era llanto y amargura. No está mal, por lo menos no tengo una personalidad suicida. En The West Wing el Presidente Bartlet cuenta la conversación entre un optimista y un pesimista: el pesimista dice que todo es horrible y que ya nada puede ir peor pero el optimista replica que sí puede.
Abro la prensa cada mañana y busco mi arpa entre las sábanas manchadas de vino, toco mientras arde Roma con la serenidad que da hacer lo que puedes aunque no sirva para nada. Si van a devorarte las llamas de la mediocridad es mucho más agradable coger a alguien de la mano para ir en busca del fuego.

Septiembre

Septiembre es un mes para empezar cosas y también para terminarlas.

Hace poco leí que la felicidad consiste en no saber el día que es pero yo no estoy de acuerdo. Es agradable marcar días en el calendario y ver la forma en que se acercan al presente, adoro las vísperas que excitan nuestra adolescencia olvidada. Y es que las vísperas son lo más dulce del momento esperado: suenan a cremallera que se baja, huelen a palomitas de cine y saben a adrenalina. Por eso disfruto tanto del mes que precede al año.

Septiembre es conocer a tus compañeros de clase, es el propósito de adelgazar, pensar que te echas novia, vas a ordenar el desván. El tímido reflejo del corazón humano con sofocos y resfriados, las mujeres siguen morenas y sacas del armario tus chaquetas favoritas. Puede ser, también, el momento adecuado para dejar a tu pareja: ya te ha jodido las vacaciones y si no cortas ahora te destrozará las navidades.
Olvida lo que ha pasado hasta ahora, marzo fue hace siglos y no va a volver. Vas a dejarte llevar por este mes que anticipa un año en el que te pasarán cosas buenas y malas, pero si vas bien vestido y pisas hojas secas al pasear, lo amargo de vivir sin ser Hugh Laurie te sabrá al Dry Martini que debes beber cada sábado de septiembre. Como la víspera de cosas mejores.