Tomar partido contra el frío.

El frío de Madrid llega como el invitado a la boda: callado pero implacable, cuando le da la gana y sin ninguna intención de complacer porque piensa que ha pagado por todo el convite. Hay un interregno otoñal en el cual el metabolismo se desorienta por completo y a lo largo del día pasas por fases antagónicas; al mediodía miras la generosa porción de piernas que enseñan las minifaldas y por la noche te refugias bajo una manta dando tiritones. Durante los últimos quince años las dos españas no se han distinguido por la política, el dinero ni el idioma, cuando ya alcanzamos cierto nivel de vida el criterio diferencial entre regiones se puede apreciar en cualquier salón: hay casas con calefacción y hay casas con aire acondionado. Yo soy de donde las casas tienen aire acondionado, cuando éramos menos ricos había ventiladores de techo, y Madrid es de calefacción; no ha sido una adaptación sencilla porque las mañanas de frío irracional en octubre no son capaces de resistir una discursión hermenéutica medianamente interesante que se resume en un ¿qué cojones hago yo aquí?
Bill Murray utilizaba la escultura en hielo para enamorar a la chica en “El día de la marmota” y yo he aprendido que tengo dos opciones para enfrentarme con el frío: huir de Madrid a un lugar cálido y marítimo o comprar abrigos elegantes. Para mí la respuesta está meridianamente clara porque no se trata sólo de abrigos: hay fulares, bufandas, guantes, cazadoras, sombreros, zapatos, botines, jerseis… Una serie de artilugios que le hacen sentirse a uno mejor persona y entonces piensa: que se joda el frío. Las inclemencias del tiempo se lidian de acuerdo al estado de ánimo y no hay preparación posible.
Con las epidemias ocurre algo parecido ya que dependiendo de cómo te coja la confirmación del positivo de ébola puedes echarle la culpa al paciente, sacrificar al perro, indignarte por cualquier estupidez relativa al asunto o irte a Sierra Leona a hacer un reportaje fascinante como Gonzalo Araluce. Sacrificar es un verbo que aquí se ha utilizado muy mal porque o bien está relacionado con alguna divinidad o bien es renunciar o destruir algo para conseguir otra cosa, un bien mayor. No era el caso, no había ni lo uno ni lo otro; el bien mayor era que no se contagiara nadie más además de salvar a los ya enfermos y matar a aquel perro en lugar de aislarlo no ayudaba a lo primero e incluso, en el caso de que estuviera afectado por el virus, era perder información valiosa para lo segundo. Dicho esto aclararé que toda la polémica por el perro me ha parecido innecesaria y artificial. La gente parece tener una necesidad patológica por tomar partido a favor de alguien y contra el otro como si no hubiese ocasiones en las que todo el mundo está equivocado, incluso yo.
Aunque supongo que se trata del frío, no tengo a mano ninguna manta y la calefacción todavía no está encendida.