El zapatero

Hoy he entrado en una zapatería después de muchos años. Casi había olvidado ese olor a piel y ungüentos mágicos, los cajones de madera donde guardar clavos, cintas, topes, moldes, cuñas, tapas, y una larga lista de artilugios sencillos que sólo los zapateros saben poner en el orden adecuado. Cuando era un crío pasaba las tardes en la zapatería del barrio, el buen hombre que la regentaba me dejaba jugar con sus instrumentos de trabajo de uno en uno, tenía que devolver el que había cogido a su sitio original y luego podía coger otro, el que quisiera. Esta preparación infantil era extraordinariamente útil para un audaz muchacho que quería ser arqueólogo porque las herramientas de trabajo eran muy parecidas, sólo había que imaginar que el zapato Oxford que tenía entre manos era una daga micénica.

Las horas pasaban muertas como si todo el mundo usara zapatillas deportivas pero siempre había cosas que hacer, no ponía la radio ni la televisión, y eso me resultaba sorprendente porque lo único que escuchabas tras cerrar la puerta acristalada de la calle era conversación de viejos amigos y martillos golpeando materiales sencillos como cuero, madera o metal.

Al entrar hoy y ver al zapatero encorvado sobre unos tacones de aguja negros he estado a punto de abrazarlo y contarle en cinco minutos lo que ha pasado durante estas últimas décadas. Quería decirle que mi abuelo, su íntimo amigo con el que iba a la zapatería, murió muy rápido unos años después de él, que mi abuela también se había ido, que el lugar donde estaba su negocio es ahora una persiana metálica enferma de óxido. Quería decirle que me gustaba verlos hablar en aquellas sillas de enea aunque no entendiera nada, me sentía importante porque yo era un niño y el me llamaba Don Juan.

Como las piscinas que se vacían en invierno, al recuperar todos esos recuerdos he sentido que la memoria hay que cuidarla con regularidad porque si no lo haces no hay agua suficiente para tirarse de cabeza y estás condenado a darte un golpe importante. El zapatero ha hecho dos agujeros más al cinturón, no ha querido cobrarme nada y yo me siento fatal porque es como si le debiera dinero a un muerto.

La gran farsa – The Good Wife

La culpa es del script

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Por Juan Francisco Quesada

‘The Good Wife suena a violines y a silencios incómodos de ascensor, huele a vino italiano, el tacto es de traje inglés, sabe a beso en la comisura de los labios y todo lo que vemos es una maravillosa farsa. Me niego a considerarlo rutina porque a pesar de ser algo a lo que ya nos hemos acostumbrado, el hecho de que una serie aguante seis temporadas a ese nivel debería ser noticia. Con Alicia Florrick y sus desdichas me pasó lo mismo que con las alcachofas: las probé muy al principio y no me disgustaron pero decidí darles un tiempo; caprichos provocados por la euforia de la adolescencia que me impidieron seguir con ella hasta un par de años más tarde del estreno. Sería deshonesto decir que desde el principio reconocí al mirlo blanco; lo confundí con una paloma. Me gustó el piloto y…

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La matanza francesa

El mundo se estremece con el atentado terrorista de París, el ataque a Charlie Hebdo ha reactivado las alarmas morales, el debate público que desde hace meses se entretenía con la política ligera y olvidaba paulatinamente la economía ha vuelto a lugares que duelen muy adentro, en los principios.

Mientras los poetas pretenden distinguir entre unas miradas y otras, las redes sociales, donde nunca se mira a los ojos, se enzarzan en indolentes debates que potencian algunos provocadores y no llevan a ninguna parte. “Tristes armas si no son las palabras” escribía Miguel Hernández, y en Francia hoy han gritado las ametralladoras.  Lo seguimos con interés y leemos ansiosos las primeras crónicas, algunas muy acertadas con finales ridículos como la de Juan Soto Ivars  http://blogs.elconfidencial.com/sociedad/espana-is-not-spain/2015-01-07/kalashnikov-contra-charlie-hebdo_617378 .

Ha explotado un coche bomba en Yemen mientras escribo y quedará eclipsado con lo de Francia. Hay dos tipos de personas en estas situaciones: las que se indignan porque la gente sólo se indigna cuando la tragedia ha sido cerca y las que se indignan cuando la tragedia ha sido cerca. Yo soy del tercer grupo, el de la gente que clasifica cosas.

Esta noche en casa pensaré en lo mismo que todas las noches, dormiré igual de mal que lo hago siempre y mañana por la mañana disfrutaré el café como hago todas las mañanas, salvo las que desayuno Nesquick. Pero eso no quiere decir que no me duela la masacre de esta mañana en Francia, ni la de esta tarde en Yemen; también sería cínico defender que impactan igual, no me afectan del mismo modo porque son situaciones diferentes y es frustrante intentar explicarlo a la gente que está deseando juzgarte. “Me avengo a ser lo que soy, he conseguido llegar a la modestia”, me susurró Albert Camus.

La gente ha matado siempre porque está en su naturaleza y hemos evolucionado lo suficiente como para tener matices. Me irritan las muertes y los ataques a la libertad, pero también me avergüenzan algunas defensas que son ataques que algunos iluminados lanzan a la mínima de cambio. Leo cosas en la prensa que me hacen sentir muy perdido, y satisfago la necesidad de sentirme protegido mediante el silencio ante las provocaciones intelectuales. Estoy siendo cobarde aquí porque casi no he citado a nadie, además llevo seudónimo y eso siempre ayuda, pero intento comportarme con responsabilidad, por eso me siento en la obligación de señalar humildemente que muy pocas verdades absolutas existen, que las peroratas contra la religión, cualquiera, son ventajistas y miopes, y que el mundo mañana no será peor que el de ayer si entendemos que la realidad es compleja y que somos mayoría los que nunca vamos a matar a nadie aunque siempre existirán psicópatas; si maduramos como individuos hasta darnos cuenta de que no existe un dios lo suficientemente poderoso como para hacer que un hombre cuerdo haga esas barbaridades en su divino nombre.