Los modernos

La resaca del lunes es el colofón de una carrera exitosa. Se siente como un Kerouac del siglo XXI, luce pantalones de pitillo y una barba descuidada, escucha a Edward Sharpe and the Magnetic Zeros hasta que utilizan su canción Home para un popular anuncio de coches. Las mañanas de sábado le gustan porque puede tomar café en alguna bonita terraza de la Plaza del 2 de mayo haciendo que lee cualquier novedad de Libros del KO.
El protagonista elige la comida por su nacionalidad aunque raramente va a un restaurante a comer porque lo que disfruta es sentarse a tomar una caña en la barra.
El cine tiene que ser en versión original y sala pequeña, la Plaza de los Cubos es el lugar donde proyectan el tipo de películas que consume, “una entrada para la película más europea que tenga, por favor”. Además adora a Wes Anderson y envidia el lunar de Jason Schwartzman.
Malasaña es un must. Sale por la Corredera Baja de San Pablo a tomar unas copas en tiendas de muebles que por la noche son bares, coincide habitualmente con Alaska y Mario Vaquerizo, a veces conoce a una chica  y otras vuelve solo a casa arrepintiéndose de haber salido porque a él lo que realmente le gusta, se consuela, es desayunar temprano té y cereales en su balconcito leyendo la Jotdown.
Hay muchas maneras de ser moderno pero ninguna admite lo diáfano, la moda pierde importancia ante los complementos que pueden ser gafas, chales, una bicicleta o un mastín napolitano.
Son los modernos, los hipsters, y sen han situado como la clave de bóveda de la cultura occidental tras el declive de Belén Esteban. Propongo disfrutar de ellos porque no sabemos qué vendrá después, temo una horda de adolescentes vestidos como los futbolistas en las galas. Sería insoportable.
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La penúltima

Un compañero de juergas, cuando estábamos en la calle con la garganta rezumando ginebra y la mirada nublada, tenía una manera especial de convencerte para seguir la marcha fuera la hora que fuera: te ponía la mano en el hombro, paternal, y proponía ir a otro bar para tomar “la penúltima”. Esa expresión me hacía gracia y le acompañaba encantado pensando que era una manera de honrar el ingenio, como si hubiese aparecido Quevedo en mitad de un examen y me hubiera llamado a unos juegos florales. Lo decepcionante es que mi amigo no era un poeta, ni siquiera era ingenioso, sólo un borracho que me seguía el ritmo.
Hubo una época en la que sentía la tristeza del hombre al que todo le sale bien. Melancólico de mi propia derrota caminaba con paso errante en busca de un bar donde sirvieran la penúltima, un Savoy con perdedores de carne y hueso a los que copiaba la amargura de los ojos y la forma de coger el cigarrillo. Pero todos los antros peligrosos tienen una puerta de atrás por donde escapar cuando sientes el peligro de acomodarte y yo tiendo a sobrevivir. En aquellos tiempos escribía furibundo en mitad de la noche, del bar al ordenador,  me comparaba con Shakespeare, con Santa Teresa, con Oliver Stone; no se puede crear, pensaba yo en voz alta, sin trascender de uno mismo. La mayoría era bazofia de iluminado.
Todo esto ha cambiado y ahora huyo en bicicleta de cualquier cosa que me recuerde lo que pudimos llegar a ser, agradeciendo que la suerte se compadeciera de nosotros  dándonos los fracasos necesarios para no perder el Norte y las victorias suficientes como para sentirnos mejor que el resto. De la rosa no nos queda más que el nombre y Adso de Melk en su vejez piensa en la muchacha desnuda porque la madurez es ser consciente de que estuviste en el filo de la navaja y te salvaste aunque lo merecieras menos que muchos.

Si sueño con mujeres

Hay mujeres que me pertenecen en sueños, no aspiro a ellas ni siquiera creo que sea un planteamiento realista, gozo al fantasear con caderas, miradas, voces y gracia. La gracia de elevarse por encima de lo que nos rodea.
Vamos a exponer un poco mis apetitos más íntimos y refinados aceptando que mis mujeres especiales pertenecen a este club por una serie de factores abstractos e incoherentes pero que quede claro que estoy dispuesto a batirme en duelo con cualquiera que las denigre.
Hay más, por supuesto, y algún día hablaremos de ellas. Se aceptan sugerencias.

Scarlett Johansson

Creía que lo que lo mejor de ella eran los labios hasta que vi Her y me centré en su voz gruesa, una voz de voluptuosidad y diversión que me dejó fascinado. Scarlett me gusta por aquél traje de baño en Scoop, por aquellas bragas en Lost in Translation, porque es zurda, Rebecca en Ghost World. Es una mujer valiosísima porque demuestra que es una falacia esa frase recurrente de que a los hombres sólo nos gustan delgadísimas; y son sus caderas, esas caderas de piel blanca que ejercen de contrapeso moral a sus pechos como se compensan Roma y París en el imaginario europeo.

Keira Knightley

Una sonrisa ocultista y sofisticada con unos colmillos que te hacen pensar que cualquier momento puede romper en vampiro. Keira era aquella monada a la que Andrew Lincoln se declara sin hablar, utilizando música y cartulinas en Love Actually. Elisabeth Bennet culta y sagaz. El anuncio de Chanel que te deja inmóvil en el sofá a la espera de que entre por tu ventana, nunca lo hará.
Miro mucho sus hombros que parecen hechos por un orfebre usando lentes de aumento, lo fascinante son las lineas que no son rectas que viajan en dos direcciones desde el vértice de sus hombros hacia el cuello que huele a Chanel y hacia sus manos que igual sostienen un libro que un arma.
Tengo la sensación de que espera su gran papel y lo hace con paciencia. Mientras eso llega puedo jugar con los tirabuzones que tan bien le otorgan la dignidad de la película histórica, que tan graciosamente le acarician las mejillas.

Rosamund Pike

Se incorpora a este grupo tras el visionado de Perdida, la última película de Fincher. Se ha convertido en un mito porque esos ojos tienen una mirada dentro que yo sólo había visto en los documentales de leonas de la 2. Era la Bennet guapa en Orgullo y Prejuicio pero te olvidabas de ella antes de acabar la película, Andromeda en una mala versión de Ira de Titanes. Hay muy poco de su carrera que me interese pero no importa el pasado si nos regala esa escena de la ducha, para qué queremos una bañera que acumula mentiras si es la verdad lo que buscamos. Con Rosamund Pike me pasa lo que a un amigo con una novieta que tenía: empezó con ella por aburrimiento, no le hacía caso entre semana y decía que quedaba con ella por no tener otra cosa que hacer; pero el día después de follar juntos él le propuso ir a su casa a conocer a su familia. Ella deslumbró al hombre y eso es un poder que sólo tienen algunas personas. Yo quiero invitar a desayunar a Rosamund pero no creo estar preparado para darme esa ducha.

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Tomar partido contra el frío.

El frío de Madrid llega como el invitado a la boda: callado pero implacable, cuando le da la gana y sin ninguna intención de complacer porque piensa que ha pagado por todo el convite. Hay un interregno otoñal en el cual el metabolismo se desorienta por completo y a lo largo del día pasas por fases antagónicas; al mediodía miras la generosa porción de piernas que enseñan las minifaldas y por la noche te refugias bajo una manta dando tiritones. Durante los últimos quince años las dos españas no se han distinguido por la política, el dinero ni el idioma, cuando ya alcanzamos cierto nivel de vida el criterio diferencial entre regiones se puede apreciar en cualquier salón: hay casas con calefacción y hay casas con aire acondionado. Yo soy de donde las casas tienen aire acondionado, cuando éramos menos ricos había ventiladores de techo, y Madrid es de calefacción; no ha sido una adaptación sencilla porque las mañanas de frío irracional en octubre no son capaces de resistir una discursión hermenéutica medianamente interesante que se resume en un ¿qué cojones hago yo aquí?
Bill Murray utilizaba la escultura en hielo para enamorar a la chica en “El día de la marmota” y yo he aprendido que tengo dos opciones para enfrentarme con el frío: huir de Madrid a un lugar cálido y marítimo o comprar abrigos elegantes. Para mí la respuesta está meridianamente clara porque no se trata sólo de abrigos: hay fulares, bufandas, guantes, cazadoras, sombreros, zapatos, botines, jerseis… Una serie de artilugios que le hacen sentirse a uno mejor persona y entonces piensa: que se joda el frío. Las inclemencias del tiempo se lidian de acuerdo al estado de ánimo y no hay preparación posible.
Con las epidemias ocurre algo parecido ya que dependiendo de cómo te coja la confirmación del positivo de ébola puedes echarle la culpa al paciente, sacrificar al perro, indignarte por cualquier estupidez relativa al asunto o irte a Sierra Leona a hacer un reportaje fascinante como Gonzalo Araluce. Sacrificar es un verbo que aquí se ha utilizado muy mal porque o bien está relacionado con alguna divinidad o bien es renunciar o destruir algo para conseguir otra cosa, un bien mayor. No era el caso, no había ni lo uno ni lo otro; el bien mayor era que no se contagiara nadie más además de salvar a los ya enfermos y matar a aquel perro en lugar de aislarlo no ayudaba a lo primero e incluso, en el caso de que estuviera afectado por el virus, era perder información valiosa para lo segundo. Dicho esto aclararé que toda la polémica por el perro me ha parecido innecesaria y artificial. La gente parece tener una necesidad patológica por tomar partido a favor de alguien y contra el otro como si no hubiese ocasiones en las que todo el mundo está equivocado, incluso yo.
Aunque supongo que se trata del frío, no tengo a mano ninguna manta y la calefacción todavía no está encendida.

Cómo manejar las frustraciones

La diferencia entre un bar de carretera y una cafetería de toda la vida es que sin pedirlo te pongan un vaso de agua fría. Estoy harto de los sitios que no se adaptan a su categoría, no entiendo que si me han ofrecido una ensalada de bogavante me sirvan, adornando, lechuga de bolsa; y es que no pido más de lo que estoy dispuesto a pagar, nunca lo he hecho.

La frustación es una serie con demasiadas temporadas, un solomillo hecho de más, esa  mujer de orgasmo discreto, una lubina con poca sal. La frustación es impotencia y proviene, la mayoría de los casos, de una expectativas mal calculadas. Cuando está nublado nos alegramos si no llueve pero si está soleado nos molesta que se nuble. Un buen político sabe jugar con las pretensiones y un buen relaciones públicas sabe crearlas, por eso nos encanta Jude Law con sombreros, supo hacernos saber, sin aspavimientos, que se iba a quedar calvo. No sé a vosotros pero a mi me gusta más que antes.

 

Propongo manejar nuestras esperanzas fingiendo que queremos ser felices: leer un libro que no conoces, ver una película de la que no has oído hablar, visitar un parque del que no hayas visto 200 fotos en Instagram, quedar a tomar café con una chica, no porque quieras hacérselo en el ascensor esa misma tarde, que también, sino porque te apetece saber si toma un descafeinado de máquina o un sólo con hielo. Sin presuponer nada, sentir que te gusta conocerla de día, aprender por dónde empieza el periódico.

 

Buenas maneras

Considerar el hecho de que la gente es inestimablemente vulgar hace que se pierda una pizca de compasión por la raza humana. Masticar con la boca abierta, hablar sin mirar a los ojos o follar con la luz apagada son fenómenos comunes en nuestro entorno, es algo innegable contra lo que merece la pena luchar.
Siento una ira flamígera cuando veo a un hombre acelerar la marcha para cruzar el umbral de una puerta antes de que lo haga la desconocida que se acerca. Estúpida estrategia que arrebata la posibilidad de mirarla por detrás.
Si Hannibal Lecter no hubiera tenido buenas maneras ahora sólo nos acordaríamos de él para hablar de “aquél tío que comía cerebros”, pero el caso es que machacaba la cara de aquél policía a porrazos como si estuviera mejorando un Kandinski.
No nacemos sabiendo cómo vestir en una boda de día en Mallorca ni en una puesta de largo en Sevilla pero es fácil saber estar en cualquier sitio si realmente nos preocupa hacerlo.
A algunos nos interesa porque, aunque no lo necesitemos: los modales visten, la cultura embellece y la elegancia estiliza.

La primera impresión

Vuelvo a ver El exorcista después de muchos años y me doy cuenta de que no va sobre una niña poseída: la película es el relato del ardid del Diablo para conseguir el alma del padre Karras. Esto me hace pensar en las segundas impresiones. George Clooney no sabe lo que significa eso, nos conquista a todos porque es guapo, rico, simpático y  el protagonista de O Brother! Es como aquél capítulo de 30 Rock en el que Tina Fey le explica a John Hamm que por ser tan bello y tan divino vive en una burbuja: todo el mundo le sigue el juego por su cara bonita.

El resto tenemos que trabajarlo un poco más: caer bien por comentarios inteligentes, ligar porque has encontrado la manera de que quiera resolver los insalvables traumas con su padre, tener un grupo de amigos para salir de marcha porque sois los cuatro que no tenéis novia; esas coyunturas vitales que hacen que podamos seguir adelante.

Hemos malentendido películas, pinturas, canciones, gestos, libros, incluso polvos, y es habitual que no haya oportunidad de rectificar esa idea formada. Conviene no darle muchas vueltas porque las ucronías son esencialmente imaginarias y no queremos amargar más nuestra vida con cosas que no sucedieron. Yo soy de juzgar a primera vista y no me ha ido mal, soy tan así que una vez rechacé a una mujer porque no había terminado su steak tartar. No me pareció de fiar… y acerté.