La gran serie de Superhéroes: Los X-men

La culpa es del script

Por Juan Francisco Quesada

Fox está negociando con Marvel alrededor de la posibilidad de hacer una serie de los X-Men. Lo que, a primera vista, parece un titular más, a mí me altera hasta límites insospechados. A pesar de que los protagonistas de la noticia estén rebajando las expectativas yo los ignoro y me dedico a divagar, pienso en una serie de superhéroes bien concebida, con un guion sólido y unos buenos actores desconocidos con alguna estrella.

Smallville no entendió del todo las posibilidades que tenía, si Gough y Millar, sus creadores, hubieran sido valientes se habría parecido más a la primera temporada de ‘Heroes‘ que a Lois y Clark; pero no fue así, en todo caso nos dejó apuntadas muchas posibilidades para los superhéroes en el entorno televisivo. Han venido bastantes después, y de ellas las que más ha llamado la atención es ‘

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La belleza del proceso

La vida es un proceso fugaz y terrible que termina un tiempo variable después de la muerte. Hay personas que creen que un instante es sólo un momento pero están equivocadas porque hasta un parpadeo tiene presentación, nudo y desenlace. Hay sonrisas de mujer que incluso tienen consecuencias, casi como si fueran el batir de alas de una mariposa caprichosa en las llanuras de Oregon, como el prestige de aquella película de magia.

Los hombres débiles tendemos a imputar la responsabilidad de los acontecimientos adversos al momento que mejor encaje con nuestra conciencia, es una trampa sencilla que nos permite dormir lo suficiente como para seguir cometiendo errores que repartir a los demás. Admiro al hombre capaz de decir que un libro no le gusta pero que contiene una reflexión bellísima de la amistad, que la película le aburre pero los títulos de crédito le fascinan, que ya no recuerda el rostro de aquella mujer pero todavía sueña con su forma de quitarse el vestido, casi sin moverse, como si le ordenase caer con un golpe de melena. Comprender los procesos temporales ayuda a disfrutar los pequeños detalles.

Querer ser justo implica la voluntad de aprender a estructurar las historias, a darles un principio y un final, aplicar una lógica sentimental a todo lo que empieza y acaba porque las tautologías únicamente funcionan para los finales abiertos y en la vida real no existen. Nuestro mundo son historias que terminan desde el mismo momento en el que empezaron y si no lo aceptas vives enganchado a recuerdos o expectante de comer unas perdices que nadie va a cazar para ti.

Llevo años intentando descubrir por mí mismo cuándo se nos jodió el Perú, que es otra forma de decir que estamos al final de un proceso largo y tortuoso cuyo inicio ya nadie recuerda. Soy optimista, lo suficiente como para creer que están empezando cosas. Las canas van ganando terreno de mi melena leonina, me duelen las rodillas por lesiones de juventud cuando el tiempo refresca, las resacas son de gatillo fácil, gruño por cosas que antes no me importaban, madrugo los domingos para limpiar el coche y comprar el periódico. Todo son procesos.

La física de los superhéroes

Nadie por la calle

Cuenta la historia que, en 1957, cuando Estados Unidos perdió la carrera espacial contra la URSS (los dos Sputnik y la perrita Laika en el espacio) se animó a las editoriales del cómic a que incluyeran avances tecnológicos en las historietas para animar a los chavales a adentrarse en el mundo de la ciencia. Las editoriales obedecieron y al año siguiente, Batman se las tuvo que ver con un científico loco y malvado que con un generador de ondas de choque trataba de encontrar la guarida del murciélago mediante el tiempo que tardaban en retornar las ondas.

Sea como fuere, James Kakalios, profesor de física de la Universidad de Minnesota y autor del libro La física de los superhéroes, reconoció hace algunos años que todo lo que sabía de ciencia lo había aprendido en los cómics. Y es que, cuando aceptamos la premisa de que a Superman le tiemblan las rodillas…

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El zapatero

Hoy he entrado en una zapatería después de muchos años. Casi había olvidado ese olor a piel y ungüentos mágicos, los cajones de madera donde guardar clavos, cintas, topes, moldes, cuñas, tapas, y una larga lista de artilugios sencillos que sólo los zapateros saben poner en el orden adecuado. Cuando era un crío pasaba las tardes en la zapatería del barrio, el buen hombre que la regentaba me dejaba jugar con sus instrumentos de trabajo de uno en uno, tenía que devolver el que había cogido a su sitio original y luego podía coger otro, el que quisiera. Esta preparación infantil era extraordinariamente útil para un audaz muchacho que quería ser arqueólogo porque las herramientas de trabajo eran muy parecidas, sólo había que imaginar que el zapato Oxford que tenía entre manos era una daga micénica.

Las horas pasaban muertas como si todo el mundo usara zapatillas deportivas pero siempre había cosas que hacer, no ponía la radio ni la televisión, y eso me resultaba sorprendente porque lo único que escuchabas tras cerrar la puerta acristalada de la calle era conversación de viejos amigos y martillos golpeando materiales sencillos como cuero, madera o metal.

Al entrar hoy y ver al zapatero encorvado sobre unos tacones de aguja negros he estado a punto de abrazarlo y contarle en cinco minutos lo que ha pasado durante estas últimas décadas. Quería decirle que mi abuelo, su íntimo amigo con el que iba a la zapatería, murió muy rápido unos años después de él, que mi abuela también se había ido, que el lugar donde estaba su negocio es ahora una persiana metálica enferma de óxido. Quería decirle que me gustaba verlos hablar en aquellas sillas de enea aunque no entendiera nada, me sentía importante porque yo era un niño y el me llamaba Don Juan.

Como las piscinas que se vacían en invierno, al recuperar todos esos recuerdos he sentido que la memoria hay que cuidarla con regularidad porque si no lo haces no hay agua suficiente para tirarse de cabeza y estás condenado a darte un golpe importante. El zapatero ha hecho dos agujeros más al cinturón, no ha querido cobrarme nada y yo me siento fatal porque es como si le debiera dinero a un muerto.

La gran farsa – The Good Wife

La culpa es del script

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Por Juan Francisco Quesada

‘The Good Wife suena a violines y a silencios incómodos de ascensor, huele a vino italiano, el tacto es de traje inglés, sabe a beso en la comisura de los labios y todo lo que vemos es una maravillosa farsa. Me niego a considerarlo rutina porque a pesar de ser algo a lo que ya nos hemos acostumbrado, el hecho de que una serie aguante seis temporadas a ese nivel debería ser noticia. Con Alicia Florrick y sus desdichas me pasó lo mismo que con las alcachofas: las probé muy al principio y no me disgustaron pero decidí darles un tiempo; caprichos provocados por la euforia de la adolescencia que me impidieron seguir con ella hasta un par de años más tarde del estreno. Sería deshonesto decir que desde el principio reconocí al mirlo blanco; lo confundí con una paloma. Me gustó el piloto y…

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La matanza francesa

El mundo se estremece con el atentado terrorista de París, el ataque a Charlie Hebdo ha reactivado las alarmas morales, el debate público que desde hace meses se entretenía con la política ligera y olvidaba paulatinamente la economía ha vuelto a lugares que duelen muy adentro, en los principios.

Mientras los poetas pretenden distinguir entre unas miradas y otras, las redes sociales, donde nunca se mira a los ojos, se enzarzan en indolentes debates que potencian algunos provocadores y no llevan a ninguna parte. “Tristes armas si no son las palabras” escribía Miguel Hernández, y en Francia hoy han gritado las ametralladoras.  Lo seguimos con interés y leemos ansiosos las primeras crónicas, algunas muy acertadas con finales ridículos como la de Juan Soto Ivars  http://blogs.elconfidencial.com/sociedad/espana-is-not-spain/2015-01-07/kalashnikov-contra-charlie-hebdo_617378 .

Ha explotado un coche bomba en Yemen mientras escribo y quedará eclipsado con lo de Francia. Hay dos tipos de personas en estas situaciones: las que se indignan porque la gente sólo se indigna cuando la tragedia ha sido cerca y las que se indignan cuando la tragedia ha sido cerca. Yo soy del tercer grupo, el de la gente que clasifica cosas.

Esta noche en casa pensaré en lo mismo que todas las noches, dormiré igual de mal que lo hago siempre y mañana por la mañana disfrutaré el café como hago todas las mañanas, salvo las que desayuno Nesquick. Pero eso no quiere decir que no me duela la masacre de esta mañana en Francia, ni la de esta tarde en Yemen; también sería cínico defender que impactan igual, no me afectan del mismo modo porque son situaciones diferentes y es frustrante intentar explicarlo a la gente que está deseando juzgarte. “Me avengo a ser lo que soy, he conseguido llegar a la modestia”, me susurró Albert Camus.

La gente ha matado siempre porque está en su naturaleza y hemos evolucionado lo suficiente como para tener matices. Me irritan las muertes y los ataques a la libertad, pero también me avergüenzan algunas defensas que son ataques que algunos iluminados lanzan a la mínima de cambio. Leo cosas en la prensa que me hacen sentir muy perdido, y satisfago la necesidad de sentirme protegido mediante el silencio ante las provocaciones intelectuales. Estoy siendo cobarde aquí porque casi no he citado a nadie, además llevo seudónimo y eso siempre ayuda, pero intento comportarme con responsabilidad, por eso me siento en la obligación de señalar humildemente que muy pocas verdades absolutas existen, que las peroratas contra la religión, cualquiera, son ventajistas y miopes, y que el mundo mañana no será peor que el de ayer si entendemos que la realidad es compleja y que somos mayoría los que nunca vamos a matar a nadie aunque siempre existirán psicópatas; si maduramos como individuos hasta darnos cuenta de que no existe un dios lo suficientemente poderoso como para hacer que un hombre cuerdo haga esas barbaridades en su divino nombre.

El misterioso asesinato del otoño

Se acercan las fechas de fingir que se quiere, beber de más, echar de menos. Es tiempo de usar gorros por la calle, de cantar villancicos en la ducha, de taparte con las mantas para echar un polvo. Miro hacia lo alto, las ramas de los árboles del Paseo de la Castellana no evitan que los copos de nieve toquen el suelo porque durante estos últimos años en Madrid se ha recortado hasta en la nieve. Quiero creer que este año nevará fuerte, habrá un manto blanco de polvo virgen que pisaré indolente, desde la Plaza de Santa Ana hasta los aledaños del Retiro, porque cuando todo está nevado hay que pasear la sonrisa de niño que emerge de la posibilidad de tirarle una bola de nieve a alguien, tirar una bola de nieve es la sofisticación adulta de levantar la falda de la niña que te gustaba en el colegio.

Merezco la nieve porque todos los años, de una u otra forma, somos menos que el anterior. No puedes evitar lo inexorable pero te  consuelas pensando en que si sumas a alguien nuevo en tu vida  estás haciendo algo bien. Además, una buena capa de hielo hace que todo el mundo se iguale como ser humano, al andar sobre hielo todos parecemos  borrachos con lumbalgia. Me apetece la nieve que se puede ver desde casa con una chimenea crepitando como fiel compañera, el fuego será mi John Watson y yo, cual Sherlock Holmes con jersey navideño, resolveré el misterioso asesinato del otoño.

Me gusta que los fenómenos meteorológicos se adapten a mi estado de ánimo, de normal caótico. Leo la prensa y no entiendo ni siquiera el baile entre directores de periódicos, miro la televisión y no sé si estoy viendo las noticias o un reality; he llegado a un punto  en el que, a veces, no me siento mejor que los demás: me siento otra cosa diferente. Por suerte esa sensación se diluye cuando espero que nieve, cuando pienso en despertarme pronto el 25 de diciembre, empachado y con resaca, para salir a la calle y ver que la gente puede sentirse más feliz porque es un día concreto del calendario. Y pensar en el padre que no está o cenar con gente con la que no te apetece ni hablar son la contrapartida de ver la cara de tu hijo al que has engañado para que piense que los Reyes Magos le han dejado los regalos junto al árbol.

Es 10 de diciembre de 2014 y ya estoy aterrorizado con lo que nos pueda deparar 2015, los hombres de verdad sienten miedo pero lo sobrellevan como pueden. Propongo disfrutar de la nieve cuando caiga, ya decidiremos qué hacer después.