Amanecer en Damasco

He viajado a Siria dos veces. La primera con una mujer caótica y maravillosa que lucía el hiyab cubriendo su melena roja como si se hubiera criado en un suburbio de Alepo. La segunda fue en circunstancias completamente distintas, era necesario reunirse con cierta gente y conseguir cerrar unos acuerdos que serían beneficiosos para algunos amigos, fue difícil pero se consiguió.

Llevamos un par de años escuchando mucho de Siria, antes estaba mezclada entre muchos países musulmanes que eran tratados en occidente como una misma cosa,  la Primavera Árabe. Ya casi no recuerdo si comenzó en la Plaza Tahrir de El Cairo, en la Puerta del Sol madrileña, en la piel calcinada de un frutero tunecino, en un despacho sin ventanas de Tel Aviv o en un gentlemen´s club londinense. Leo que Estados Unidos y sus aliados atacarán Siria pero no quieren deponer a Al Asad, supongo que han aprendido de la dos guerras del Golfo y pretenden cometer los mismos errores pero de una vez.

Siempre ha sido tradición entre grandes líderes de países discutiblemente democráticos tener unos cuantos dobles preparados para ser asesinados o simplemente para distraer al enemigo. Imagino que es posible utilizarlos para lo que el líder quiera pero no se estila informar sobre la agenda privada. Lo que me motiva de la historia es que si Al Asad consiguiera escapar de Siria y ocultarse de sus enemigos sería extremadamente fácil para él mezclarse entre los ciudadanos de cualquier sociedad europea. Veo su sonrisa de oler algo vergonzante, sus orejas puntiagudas, su corte de pelo melancólico de flequillo, esos ojos de omeya… y lo imagino preparándome el rape en cortes gruesos y dejando en una bolsa aparte la cabeza para caldo o explicándome que no puede retirar la multa de la hora aunque sólo me haya pasado 15 minutos porque eso va directo al ordenador central.

Leyendo estos últimos días sobre Siria he pensado mucho en la mujer pelirroja. A veces con las mujeres he necesitado una guerra que determinase el nuevo orden mundial, un statu quo en el que manejarte y saber qué pasaporte falso has de utilizar para cruzar una determinada frontera. El problema de los rebeldes sirios no es que sean unos fanáticos religiosos, tampoco que no puedan recibir ayuda abierta de algunos gigantes, ni siquiera que los otros gigantes apoyen a su enemigo. El problema de los rebeldes sirios, igual que el de aquella mujer pelirroja, es que no supieron distinguir entre las batallas y la guerra.

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