La dedicación

Fue leyendo lo que Umbral había escrito sobre unos gatos de El Retiro cuando me di cuenta de que quería dedicarme a escribir cosas, al menos parcialmente. La dedicación es algo que uno decide con las herramientas que tiene y puede partirse en cuantos trozos queramos. Durante todos estos años el único elemento común ha sido mi determinación por seguir durmiendo un rato diariamente, lo demás iba y venía. Hubo un momento en el que quería escribir grandilocuentes reportajes sobre nuevos fenómenos sociales a lo Hunter S. Thompson pero descubrí que Norman Mailer jaleaba en las manifestaciones porque quería que acabaran lo antes posible, le aburrían. Queremos que los políticos tenga dedicación exclusiva a la política pero también queremos que antes se hayan dedicado exclusivamente a otra cosa, algunos dicen que a trabajar. También nos place que se ocupen de nosotros, si la amante comprueba el móvil en pleno trote cualquier alma distraida puede creer que no hay la concentración necesaria para el éxtasis.

Una amiga conoció a un chico en una discoteca de batalla, era un jovencito apocado y el hielo de su cubata casi había desaparecido así que decidió llevarselo a su lujoso hotel porque era una semana de otoño y sentía que llevaba demasiadas semanas sin acabar nada. Todo fue sencillo al principio, él la desnudó besando cada trozo de piel que descubría y lanzando la ropa muy lejos para que ella no pudiera alcanzarla en un pestañeo de arrepentimiento. Todo iba muy bien al principio hasta que ella le quitó la camisa al chico: tenía un tatuaje de Batman que le cubría casi toda la espalda. En ese momento, confiesa mi amiga, dudé entre poner la cara de Joker o follármelo como si fuera Christian Bale pero lo único que pude hacer fue solidarizarme con su madre. Esa noche fue el punto de no retorno en la vida de mi amiga: cuando en vez de pensar como los hijos piensas como los padres ha llegado el momento de optar entre actuar como Annette Bening o como Ana Obregón.

Los errores y el yo

La Marquesa de Merteuil ha ido al teatro, es abucheada y humillada por sus antiguos amigos y admiradores. Todo ha ocurrido muy rápido, sus intrigas triunfaron pero no previó la existencia de cariño y amor en el alma negra de Valmont, error fatal. Ya sólo le queda sentarse frente al espejo, espejo del que vemos una parte y no es el reflejo. Es Glenn Close en la mejor versión que se ha hecho en el cine de “Las amistades peligrosas”, es la Marquesa que se desmaquilla con parsimonia y gravedad, no se le llenan los ojos de lágrimas por los gritos, por los silbidos ni por los insultos, está hundida porque se ha dado cuenta de que se ha equivocado, creía que sus juicios no fallaban, nadie podría cogerla en un renuncio ya que dedicaba todos sus días a jugar. Lo cruel, horroroso y cierto de esa escena es que no necesitamos ver el reflejo en el espejo, probablemente fuera una pieza de madera, no es necesario porque nos enseñan algo más difícil, la cara de un monstruo que se descubre a sí mismo. Algo así como si fuera posible haber visto la cara de Ana Obregón en el instante en que descubrió su nariz.
Llevar toda una vida confiando en tus virtudes deja unos flancos descubiertos que ya no vas a poder salvar, supongo que se trata de un boxeador que ofrece las costillas porque ya le han roto la nariz y las cejas. Haz lo que debes con lo que te han dado, pórtate como un buen chico, no seas arrogante… y conquistarás el mundo.
El problema es que cuando a Valmont empezó a importarle la chica, la perdió.