El fuego africano

Viví un tiempo en África, había mucho trabajo y poca gente dispuesta porque no entendían lo que pasaba allí. Parte de mis obligaciones consistían en relacionarme con los lugareños ya fueran líderes tribales o consejeros de multinacionales.

Se organizó un safari en el cráter de Ngorongoro, una región mágica de Tanzania donde la fauna en aquella época era confiada y numerosa. No dejaba de ser salvaje: recuerdo una noche en la que todos descansábamos en nuestras lujosas tiendas de campaña protegidos por decenas de hombres armados en la que escuché un ronroneo rápido y metálico; a la mañana siguiente un arcón de comida cerrado por un candado de acero grande como el puño del gigante Fezzik yacía vacío víctima de una hiena ninja.

Ese viaje se había organizado por una  empresa minera inglesa y se invitó a mucha gente importante, entre ellos un multimillonario californiano con el que querían hacer negocios, pero el hombre no viajaba solo.  Se llamaba Louise y era una belleza pelirroja del bajo Oregón, se había criado en el vastísimo rancho de su padre rodeada de hombres duros que se quitaban el sombrero al verla pasar. A los 17 años decidió que no quería casarse con ningún ganadero rico de la comarca y marchó a California para ser actriz. A los 21 años estaba casada con un magnate del petróleo de 47 en medio de África con una maleta llena de botellitas de láudano.

Ella no era feliz y yo lo sabía pero respetaba más mi vida que su felicidad de modo que no tuvimos casi ningún contacto durante las tres semanas del safari, hasta la última noche. Esa noche nuestros anfitriones nos agasajaran con una gran comida a la luz de las antorchas hechas con enormes huesos de búfalo. Había música y mucho alcohol, el fuego creaba sombras danzantes que me hacían delirar ayudadas por unas pastillas que me había regalado un escalofriante médico belga. Yo estaba sólo, alucinando de rodillas muy lejos del campamento. De repente una sombra dejó de bailar y ella se arrodilló muy cerca de mi, no dijo nada porque no tenía nada que decir: la besé fuerte y su boca sabía a cayena y almidón. Picaba como pica un error cometido a sabiendas, el tacto de sus labios era rígido con esa rigidez del destino maldito pero añorado. Todo eso fue un instante, se levantó y volvió corriendo a la gran hoguera alrededor de la cual se divertían los invitados; yo me desperté al amanecer en el mismo sitio porque uno de nuestros guías me estaba dando en el pie con la culata de su rifle.

Qué hacer para molar en Navidad

He querido ser prudente pero ya no hay excusa. Puedes encerrarte en casa y apagar la televisión, tirar por la ventana el transistor si eres lo suficientemente guay como para tener uno (pero únicamente en plan vintage), poner el móvil en plan vuelo para no recibir whatsapps, cerrar y sellar las ventanas para que no entre ningún sonido de la calle pero no conseguirás evadirte completamente de la Navidad porque tu plan tiene grietas. Habrá una llamada de mamá para preguntarte si necesitas calcetines, un colega gritando desde el otro lado de la calle si te apuntas a la cena navideña, un Corte Inglés se cruzará en tu camino justo en el momento en el que esos diabólicos muñecos dancen al ritmo de “Cooooortilandia, Cooooooortilandia” como si eso fuera el parque de atracciones de Pica y Rasca y al colocarte bajo esos luminosos estuvieras listo para que una lluvia de sangre cayera sobre ti culminando la ceremonia de iniciación. Es Navidad y no puedes evitarlo así que he decidido enseñarte qué hacer y qué no hacer para no dar asco.

1. No te disfraces.  Soy muy partidario de los disfraces pero no de los navideños, nadie está bien disfrazado de Papá Noel, ni siquiera de Papá Noel sexi: Papá Noel es un viejo gordo con nariz cirrótica que vive en la nieve con su señora y muchísimos duendecillos (hay que aclararse: si Legolas es un elfo esos esclavos sin gracia no pueden serlo). Sólo es admisible el disfraz si te piden que vayas de Rey Mago en la cabalgata. En ese caso pídete Baltasar y habla con acento cubano: nunca lo he entendido pero ya estamos acostumbrados a ese estereotipo tan raro y además,qué cojones, tiene mucha gracia.

2. Come mucho. En Navidad está permitido hacer el mal y hay que darse los cumplidos homenajes. No importa que ayer comieras el cordero que preparó tu abuela, hoy puedes con esa fiduá. También se puede uno atiborrar de polvorones, mantecados, turrón a voluntad pero conviene hacerlo en privado. Si lo haces solo pero escuchando All by myself de Celine Dion tienes que dejar de comer chocolate inmediatamente y hablar con alguien.

3. No se intenta emborrachar a la abuela. Sé que los nietos tienen curiosidad por ver a la yaya tontuela pero no es gracioso. Es una señora que no bebe nunca y pide el café descafeinado corto de café porque dice que la altera así que no hay que insistir en que se tome la copa de vino.

4. Canta villancicos. Muy alto, en cualquier momento, si no te sabes la letra la inventas o tarareas. Son admisibles casi todos pero no serás igual de molón si cantas Los peces en el rio Sleigh Right porque no eres Raphael. Nunca lo serás, olvídalo, ni lo intentes. Los que no cantan son peores que los que cantan y eso ha sido así de toda la vida (menos Pitbull).

5. No vayas a la Plaza Mayor de Madrid. Ahí no hay nada que no puedas conseguir en otro sitio salvo una serie de artistas callejeros que disfrazados de muñecos adictos al crack harán que tu paseo por la zona se transforme en una visita aldentista al que le debes dinero acompañado por Bukowski. Miedito. Hay mucha gente y la mayoría está tan asustada como tú. No te gustan las caricaturas, el globo de Pikachu desinflado parece el condón usado por Montgomery Burns, una pareja se hace una foto selfie  queriéndose muchísimo mientras un espabilado le mete a ella la mano en el bolso, Felipe III sonríe desde las alturas porque de los miles de galopines que pueblan la plaza ninguno puede timarle, ya no hay oro del Perú. En fin, no vayas.

6. Queda con tus amigos. Da igual que la Navidad te la repanfinfle. Ver a tus amigos es algo que hay que hacer todo lo posible y estas fechas son una excusa maravillosa. Tenemos que vernos por Navidad y si es posible para cenar.

7. No vayas a cenas de Navidad

8. Organiza COMIDAS de Navidad. Las comidas son las nuevas cenas y eso es un hecho incontestable. Quedar a cenar con los amiguetes es la coartada que quieren los más amargados para terminar de comer lo antes posible e ir a ligar a un pub porque normalmente sus mujeres o sus novias no les dejan salir. Es una inercia muy parecida a la de las despedidas de soltero de las que ya hablaremos. Nos centramos en la comida de Navidad: es perfecto. Es de día, hace frío, llegas al restaurante tensión del trabajo y pides la primera cerveza. Sólo pueden hacerse de lunes a jueves. El sitio debe ser de confianza, un reservado a ser posible y con sobremesa hasta que anochezca. Si después  de horas de copas, historias, chistes y villancicos vuelve a picar el gusanillo es muy elegante pedir la cena. Si haces eso molas.

9. No te quedes todas las Navidades en casa. Hay que moverse al menos tres días, los que esquían a esquiar, está claro. Nueva York es lo más navideño que tenemos integrado en nuestro subconsciente pero si tienes menos días o no quieres cruzar un océano puedes pasar unos días en Madrid. En ese caso NO VAYAS A LA PLAZA MAYOR.

10. Tienes que ver Love Actually. Tienes que cantar All I want for Christmas is your, enternecerte con ese monísimo niño huérfano, imitar el baile de Hugh Grant, querer una boda como la de Keira Knightley aunque no vayas a casarte, reverenciar a Alan Rickman y Emma Thompson (si realmente hubieran engendrado un ser estaría llamado a dominar el mundo con sarcasmo y elegancia). Hay que ver Love Actually porque “to me, you are perfect”.  Ya sé que la película sólo tiene 10 años, que estaban antes ¡Qué bello es vivir! o Willow  pero es como decir que lees a Holden Caulfield (http://manual-de-un-buen-vividor.blogs.elle.es/), todo el mundo tiene que hacerlo o al menos fingir que lo hace.

11. No digas “Felices Pascuas”. Quedas mal, es como celebrar el Yom Kippur el día de San Juan. En Navidad nace y en Semana Santa muere. No se pregunta en un velatorio cuánto ha pesado.

12. Hay que leer el día de Navidad. Si es posible junto a la chimenea aunque no es imprescindible. Puede ser Dickens, Cicerón George Keaton, el que más apetezca pero lee un rato.

Feliz Navidad

La forma de ser libre

Desde mi hotel de Barcelona puedo afirmar que la sociedad española no es madura. No me refiero a la mujer que dormita desnuda en la cama king size ni al anuncio de la Lotería de Navidad que me ha hecho tan feliz esta semana, tampoco a la necesidad pasmosa por tener un pabellón deportivo mejor que el del pueblo de al lado. Cuando digo que los españoles son inmaduros es porque no saben calibrar la importancia de las cosas. Un niño llora igual ya le hayas quitado el osito de peluche ya le hayas privado doce horas de alimento y el niño reirá si le haces una monería o si le divierte ver como te caes por las escaleras. No es maldad ni inocencia, es la absoluta ausencia de miedo la que hace que los bebés sean tan maravillosos y estén tan indefensos. Eso mismo le pasa a los españolitos.

El 13 de noviembre se falla la sentencia del Caso Prestige y sólo se condena a Apostolos Mangouras, capitán del barco, a 9 meses de prisión por desobediencia grave a las autoridades españolas, supongo que le rebajaron cuatro o cinco meses por disfrutar de un nombre tan estupendo. Las portadas y los mortales se indignan por la total ausencia de responsabilidad, en España sale todo gratis, quien tiene dinero nunca responde, los jueces no valen para nada, es una vergüenza. Obsérvese que lo de avergonzarse es muy recurrente, no sé por qué tiene que avergonzarse alguien que no tiene nada que ver, en todo caso puede sentir vergüenza ajena pero eso se arregla cambiando de canal.

El lunes, Yolanda Barcina declaraba en el juicio que se celebra contra los golosos que le estrellaron tres tartas en la cara allá por 2011. En aquel momento escuché y leí no sin cierta decepción con el prójimo expresiones apaciguadoras sobre el asunto. Es una tarta y es divertido además se lo tiene merecido porque se lo está llevando a manos llenas.

Si nos indignamos todos los días por titulares que ni siquiera nos hemos molestado en desarrollar acabamos perdiendo la perspectiva y la razón. Aunque algunas voces intenten poner cordura en la indignación rutinaria con la que nos sentimos tan cómodos queda el poso de odio sotto voce  contra la gente que hemos decidido que lo merece. Es una manera mediocre y generalizada de ignorar nuestra faltas o nuestra desidia.

Lo que yace en ambos casos es la aplicación del Derecho y sobre todo entender las normas como algo que hay que aplicar cualquiera que sea la víctima y cualquiera que sea el agresor. Como explica Pulido (http://elpais.com/elpais/2013/11/18/opinion/1384776754_589519.htmlhay oportunidades para que esos hombres paguen. Es necesario respirar profundo y esperar. Respecto a Barcina la cosa es mucho más sencilla: como era ella, Bill Gates Rupert Murdoch no pasa nada. Se llevarán la nata en las pestañas hasta tus casas llenas de dinero público o privado y seguirán su vida habiendo recibido una justa humillación pública. La gente que espera a escuchar quién es el que ha recibido el tartazo está tan vacía de miedo como un bebé, eso o es tan vil como el que lo da. Hay que ponerse en el lugar del que lo recibe o del que está sentado en el banquillo. Estás trabajando y un tipo que no conoces de nada se acerca a ti con cara de odio y te revienta una tarta en la cara, mejor aún, imaginad a vuestra madre recibiendo el golpe, a vuestro marido, a vuestra hija. ¿Os parece una broma? No me importa lo que esa persona haya hecho antes porque las agresiones se juzgan per se y no vinculadas con causas o motivos.

La sociedad española no es madura en cuanto que le cuesta ponerse en el lugar de la víctima, en lo peor, tener miedo hasta ser un tremendista. Me contaron  una clase en la que George, después de un almuerzo bastante copioso, invitaba enfáticamente a sus alumnos a imaginar que el dictador más cruel y poderoso odiaba a todos y cada uno de ellos, asumida esa premisa debían conocer, aplicar y opinar sobre la ley. Ser libre, concluyó, consiste en tener miedo y reaccionar intelectualmente.