Cenar acompañado

Estos días hacen que recuerde mis años de madurez. Hubo un tiempo en el que casi no iba a casa con mi familia, sobre todo durante estas fechas ya que eran propicias para realizar determinados trabajos, mucho más complicados en cualquier otra época del año. En Oxford no había clases y aquello era un erial donde coexistían en soledad los profesores solterones y los alumnos extranjeros de pocos medios que no habían sido invitados por ningún compañero. Yo formaba parte del primer grupo pero hacía discretas escapadas para atender otros negocios: Europa Central, el Sudeste Asiático, Centroamérica… Todo eran viajes y resultados, no me importaba porque no sentía ninguna necesidad de atender a otras personas, la familia no era sino una vaga pulsión de rencor, prejuicios implantados y traumas sin superar. Nunca he sido una persona tendente al impulso, considero que la prudencia y el autocontrol son facultades valiosas y cada vez más exclusivas de unos pocos, la relación con mi familia se limitaba a una elegante correspondencia felicitando cumpleaños y fallos judiciales. A veces entendían mis dadivosos padres que merecía una dosis de amor y recibía un cable con unos cientos de libras. Ni siquiera me molestaba en agradecerlo, ellos sabían muy bien que no le daba demasiada importancia al dinero, al menos en aquel momento, aunque siempre le encontraba un buen destino engordando amistades o creando intereses.

Hace un par de días amanecimos con la voz desentendida de Jabois diciendo que en Navidad “Pesan más los muertos que los vivos; se van acumulando aquí, cerca del riñón, y siento en Navidad su desaparición como una forma irreparable de nostalgia.” Y lo entendimos porque más pronto que tarde todos hemos contado uno menos que el año anterior. En mi casa la tensión del ambiente y el nudo de la pajarita hacían, sobre todo cuando eras niño, que todo pasara rápido y obviaras lo patético de fingir que era una noche especial y que todo el mundo estaba preparado. La niñez es muy agradecida dificultando la tarea de relativizar el tiempo y haciendo que olvides las situaciones incómodas, al menos conscientemente pero hoy no quiero escribir de traumas infantiles. La melancolía puede atrapar a alguien que todavía chapotea en líquido amniótico, su vida empieza a terminar, pero la tristeza llega más tarde porque es necesario saber lo fútil de ciertas cosas y tener capacidad intelectual suficiente para ser un adulto.

Soy mayor pero dejaron de contarme para la mesa de Navidad hace muchos años, elegí mi propia cena que alguna vez fue una botella de Macallan, me abracé a la idea de la soledad voluntaria para no tener que pensar si compartiré las ostras con las mismas personas del año anterior; estaré yo o no estaré y en ese caso nadie habrá puesto un plato de más.

Espías sin tinta

Los ordenadores no son mi fuerte, no se me dan bien y llevo muchos años trabajando con ellos pero intento restringirlo a lo necesario. En mi despacho de Madrid tengo uno desde el cual puedo escribir y leer mi correo electrónico, para la prensa prefiero el papel. Comprendo que es inevitable, entiendo que es inconcebible un mundo sin electrónica aunque no puedo dejar de sentir la nostalgia de un espionaje más humano.

Dicen que Snowden ha revolucionado el mundo con sus papeles, es curioso que hablen de papeles porque no creo que nadie haya imprimido esa información para leerla; yo no pienso que haya sido él, ni siquiera que lo hubiera pretendido en ningún momento. Realmente no me interesa lo que impulsó a ese hombre, prefiero ser consciente de que, como  en “La régle du jeu” dejó bien claro Jean Renoir, todo el mundo tiene sus motivos. El cambio vino sin quererlo, no iba a ser necesario porque se habían acabado las guerras y la tecnología sólo era útil para que los submarinos pincharan los cables de información en el Mar de China Oriental. Antes había micropuntos, grabadoras, radios, mensajes en los periódicos, un postigo abierto para un encuentro, dos para avisar del peligro. Cuando Grahan Greene pensó en un vendedor de aspiradoras no tenía ni idea de lo que eran los metadatos. Se hace una llamada, se responde, 47 segundos, cuelgas. Ahí hay varios a archivar. Un filtro de aspiradora manual hoy día daría para engañar a un técnico el tiempo justo de introducirlo en el programa encargado de cruzar imágenes topográficas para darse cuenta de que algo no cuadra. Si el programa no encuentra nada recurre a Google y elimina el margen de error.
El problema del espionaje actual es que se ha sustituido a los profesores de literatura alemana por ingenieros informáticos. Soy una persona mayor y mi disposición a los cambios ha sido aceptable a lo largo de mi vida, recuerdo que fui uno de los profesores más comprensivos de la universidad respecto al uso de jeans por los alumnos; algunos de mis colegas, liderados por el profesor Royce, pretendían que sólo recibieran las clases prácticas de campo por no adecuarse a entrar en las aulas. Hasta el ácrata más recalcitrante admite interiormente que la necesidad de información para los gobiernos es algo primario. Coincide Smiley que es el espía supremo y la consciencia de todos ellos. Si no tuviéramos enemigos seguiríamos espiando a los amigos porque los gobiernos y los estados no tienen familia, incluso dentro de las familias más armónicas hay espionaje como nos explicó Jabois con la ternura del “mamá, cuelga ya”.

Mi íntima queja es que prefiero tener a un equipo de personas preparadas para eso siguiéndome las veinticuatro horas del día que un prepúber con el flequillo engominado y zapatillas de deporte perfeccionando algoritmos que, en combinación con los incontables satélites que orbitan alrededor de la tierra, de todos y cada uno de nosotros, como hienas sobreexcitadas danzando en círculos porque un león se ha partido la pata; podrá saber lo que hablo, lo que busco, lo que me interesa y, por consiguiente, lo que pienso.

Quiero dejar claro que no me gusta jugar el papel de vestal escandalizada,  aquí cada uno finge lo mejor que puede y elige sus personajes cada mañana, lo que no soporto es que esos niñatos no sean capaces de vestirse con un traje medianamente digno para ir a trabajar.