La dedicación

Fue leyendo lo que Umbral había escrito sobre unos gatos de El Retiro cuando me di cuenta de que quería dedicarme a escribir cosas, al menos parcialmente. La dedicación es algo que uno decide con las herramientas que tiene y puede partirse en cuantos trozos queramos. Durante todos estos años el único elemento común ha sido mi determinación por seguir durmiendo un rato diariamente, lo demás iba y venía. Hubo un momento en el que quería escribir grandilocuentes reportajes sobre nuevos fenómenos sociales a lo Hunter S. Thompson pero descubrí que Norman Mailer jaleaba en las manifestaciones porque quería que acabaran lo antes posible, le aburrían. Queremos que los políticos tenga dedicación exclusiva a la política pero también queremos que antes se hayan dedicado exclusivamente a otra cosa, algunos dicen que a trabajar. También nos place que se ocupen de nosotros, si la amante comprueba el móvil en pleno trote cualquier alma distraida puede creer que no hay la concentración necesaria para el éxtasis.

Una amiga conoció a un chico en una discoteca de batalla, era un jovencito apocado y el hielo de su cubata casi había desaparecido así que decidió llevarselo a su lujoso hotel porque era una semana de otoño y sentía que llevaba demasiadas semanas sin acabar nada. Todo fue sencillo al principio, él la desnudó besando cada trozo de piel que descubría y lanzando la ropa muy lejos para que ella no pudiera alcanzarla en un pestañeo de arrepentimiento. Todo iba muy bien al principio hasta que ella le quitó la camisa al chico: tenía un tatuaje de Batman que le cubría casi toda la espalda. En ese momento, confiesa mi amiga, dudé entre poner la cara de Joker o follármelo como si fuera Christian Bale pero lo único que pude hacer fue solidarizarme con su madre. Esa noche fue el punto de no retorno en la vida de mi amiga: cuando en vez de pensar como los hijos piensas como los padres ha llegado el momento de optar entre actuar como Annette Bening o como Ana Obregón.

Calabazas

La calabaza es una cosa que sólo sirve para hacer dos cosas: crema y figuritas. Anoche fue Halloween y todo era horripilante. Se pueden tomar posturas muy bien definidas con este tema. Una señora dice que es una fiesta “de los americanos” y no debe celebrarse aquí (mientras tira la lata de Coca Cola con sabor a mantequilla de cacahuete  a la basura). Otro lleva nueve años organizando una fiesta en su casa para celebrarlo, los disfraces cada año son más espectaculares y absurdos, una vez pillé en el baño a Julio César zombi haciéndoselo con Bridget Jones; todo le fue bien hasta que el año pasado conoció a la que hoy es su novia, una estúpida y recalcitrante niñata que nos pone a todos muchísimo. Luego están los padres que se quejan porque tienen que conseguir otro disfraz para el niño y después suben cincuenta y siete fotos a Facebook, las chicas que aprovechan para disfrazarse de putas disfrazadas, los hombres que piensan que con el disfraz de Joker están más guapos (y no, por mucho que nos excite Joker si eres feo estarás más feo disfrazado de un poco higiénico y sociópata payaso ), el chino que ha monopolizado el negocio, el matrimonio de ancianos que se indigna cuando ve entrar en el restaurante a unos chavales con la cara blanca que quieren comprar tabaco, la muchacha disfrazada de enfermera que se sube en el metro a las nueve de la mañana, no ha ligado y se está dando cuenta de que no le gusta al fulano de turno. Yo no puedo dejar de cantar villancicos y la cama se vuelve hostil a partir de las siete de la mañana. Me cuentan la historia de un abogado norteamericano que yace bajo una lápida que reza “Te dije que estaba enfermo”. Me gusta la gente que le resta importancia a las cosas importantes, lástima que ya no pueda conocer al tipo.  Las resacas saben igual ayer que mañana, todo es intoxicación. Disfruten de la fiesta.