Vulcanianos y jedis

Cuesta hacerse a la idea de que todo lo que planeaste era mentira, de que tu vida difícilmente será una canción de Bob Dylan, de que la realidad huye de los sueños como la caballerosidad de un campo de fútbol. Heidegger hablaba de Beckenbauer como si se estuviese refiriendo de un catedrático de Tubinga pero en mi época de estudiante jugué al rugby y aprendí una máxima que ayuda a entender muchas cosas: “el fútbol es un deporte de caballeros jugado por animales, el rugby es un deporte de animales jugado por caballeros”.
Cuando era un niño las victorias consistían en inmovilizar al rival en el suelo después de una pelea, las derrotas en que algún chaval mayor te doblara el brazo y te condenara a la vergüenza con un lapidario “¿te rindes?”.
Mientras los bárbaros  se dan de hostias en un puente sobre el río Manzanares los hombres de verdad nos limpiamos las gafas con el final de la corbata, como Smiley, viendo repetido el vídeo en el que tiran a un hombre al río después de darle una paliza de muerte; esa grabación es la sentencia definitiva que confirma la existencia de un club de la lucha en nuestra sociedad donde se cumple la primera regla del club de la lucha: no hablar del club de la lucha. Aquí son aficiones, hinchas, ultras, fascistas, antifascistas, Frente Atlético, Riazor Blues, el otro y el de la moto. El fútbol  puede ser la excusa  para que estúpidos irresponsables defiendan la existencia de un código en su comportamiento animal, pero a nadie se le escapa que, hasta la fecha, no ha habido ningún duelo fatal entre vulcanianos y jedis.
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Los modernos

La resaca del lunes es el colofón de una carrera exitosa. Se siente como un Kerouac del siglo XXI, luce pantalones de pitillo y una barba descuidada, escucha a Edward Sharpe and the Magnetic Zeros hasta que utilizan su canción Home para un popular anuncio de coches. Las mañanas de sábado le gustan porque puede tomar café en alguna bonita terraza de la Plaza del 2 de mayo haciendo que lee cualquier novedad de Libros del KO.
El protagonista elige la comida por su nacionalidad aunque raramente va a un restaurante a comer porque lo que disfruta es sentarse a tomar una caña en la barra.
El cine tiene que ser en versión original y sala pequeña, la Plaza de los Cubos es el lugar donde proyectan el tipo de películas que consume, “una entrada para la película más europea que tenga, por favor”. Además adora a Wes Anderson y envidia el lunar de Jason Schwartzman.
Malasaña es un must. Sale por la Corredera Baja de San Pablo a tomar unas copas en tiendas de muebles que por la noche son bares, coincide habitualmente con Alaska y Mario Vaquerizo, a veces conoce a una chica  y otras vuelve solo a casa arrepintiéndose de haber salido porque a él lo que realmente le gusta, se consuela, es desayunar temprano té y cereales en su balconcito leyendo la Jotdown.
Hay muchas maneras de ser moderno pero ninguna admite lo diáfano, la moda pierde importancia ante los complementos que pueden ser gafas, chales, una bicicleta o un mastín napolitano.
Son los modernos, los hipsters, y sen han situado como la clave de bóveda de la cultura occidental tras el declive de Belén Esteban. Propongo disfrutar de ellos porque no sabemos qué vendrá después, temo una horda de adolescentes vestidos como los futbolistas en las galas. Sería insoportable.
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Tomar partido contra el frío.

El frío de Madrid llega como el invitado a la boda: callado pero implacable, cuando le da la gana y sin ninguna intención de complacer porque piensa que ha pagado por todo el convite. Hay un interregno otoñal en el cual el metabolismo se desorienta por completo y a lo largo del día pasas por fases antagónicas; al mediodía miras la generosa porción de piernas que enseñan las minifaldas y por la noche te refugias bajo una manta dando tiritones. Durante los últimos quince años las dos españas no se han distinguido por la política, el dinero ni el idioma, cuando ya alcanzamos cierto nivel de vida el criterio diferencial entre regiones se puede apreciar en cualquier salón: hay casas con calefacción y hay casas con aire acondionado. Yo soy de donde las casas tienen aire acondionado, cuando éramos menos ricos había ventiladores de techo, y Madrid es de calefacción; no ha sido una adaptación sencilla porque las mañanas de frío irracional en octubre no son capaces de resistir una discursión hermenéutica medianamente interesante que se resume en un ¿qué cojones hago yo aquí?
Bill Murray utilizaba la escultura en hielo para enamorar a la chica en “El día de la marmota” y yo he aprendido que tengo dos opciones para enfrentarme con el frío: huir de Madrid a un lugar cálido y marítimo o comprar abrigos elegantes. Para mí la respuesta está meridianamente clara porque no se trata sólo de abrigos: hay fulares, bufandas, guantes, cazadoras, sombreros, zapatos, botines, jerseis… Una serie de artilugios que le hacen sentirse a uno mejor persona y entonces piensa: que se joda el frío. Las inclemencias del tiempo se lidian de acuerdo al estado de ánimo y no hay preparación posible.
Con las epidemias ocurre algo parecido ya que dependiendo de cómo te coja la confirmación del positivo de ébola puedes echarle la culpa al paciente, sacrificar al perro, indignarte por cualquier estupidez relativa al asunto o irte a Sierra Leona a hacer un reportaje fascinante como Gonzalo Araluce. Sacrificar es un verbo que aquí se ha utilizado muy mal porque o bien está relacionado con alguna divinidad o bien es renunciar o destruir algo para conseguir otra cosa, un bien mayor. No era el caso, no había ni lo uno ni lo otro; el bien mayor era que no se contagiara nadie más además de salvar a los ya enfermos y matar a aquel perro en lugar de aislarlo no ayudaba a lo primero e incluso, en el caso de que estuviera afectado por el virus, era perder información valiosa para lo segundo. Dicho esto aclararé que toda la polémica por el perro me ha parecido innecesaria y artificial. La gente parece tener una necesidad patológica por tomar partido a favor de alguien y contra el otro como si no hubiese ocasiones en las que todo el mundo está equivocado, incluso yo.
Aunque supongo que se trata del frío, no tengo a mano ninguna manta y la calefacción todavía no está encendida.

Frases de madrileño

Un señor con un clarinete en la mano me ha llamado turista en plena calle Alcalá. Aquello ha podido acabar como Puerto Hurraco pero yo soy una persona educada y he seguido mi camino. Se puede pensar que ser turista no es malo, yo he sido turista ocasional y no hay que darle más importancia al asunto, otra cosa es la gente que se viste de turista que merece una tortura argelina.

Yo no soy un turista en Madrid, es muy dificil serlo porque vivir aquí te da un margen extraordinario para identificarte con el medio. Alguien puede decir que esos que hacen cola en el Prado, los que fotografían compulsivamente  la Cibeles, los que piden consejo a los taxistas o los que se comen un bocadillo de calamares en la Plaza Mayor son turistas sí o sí, solo que a veces no. Conocí a un hombre que iba al Museo del Bernabeu dos veces al mes y cuando le pregunté por qué lo hacía me miró como yo miro a la mujer que me pide dinero porque ha tenido un problema con el móvil cada vez que estoy en la cola de los taxis de Atocha.

Como no hay una actividad concreta que descubra al turista voy a dar unas frases para soltar en compañía, cuanta más gente mejor y en voz alta, casi gritando; estos consejos os ayudarán a pasar desapercibidos. A saber:

1. Me encanta Madrid en agosto. Si dices eso ya estás dentro, normalmente lo dicen los que no pueden irse de vacaciones pero es una manera muy digna de sentirse menos mediocre.

2. Ya colaboro, gracias. En puntos estratégicos hay una legión de jóvenes admirables que pertenecen a ONGs y reclaman la ayuda de los viandantes. Son buenos chicos y hay que ser solidario pero si le damos dinero a todos los que lo piden nos quedaremos sin suelto para el café. Es fundamental ser amable con ellos. Os aseguro que con este hechizo se quedarán adormilados el tiempo suficiente para cruzar de acera.

3. Dos dobles. Queremos cerveza porque aquí se bebe cerveza después de las dos de la tarde, antes puede haber caído algún vermú. El punto diferencial es que las cañas están bien pero no dan tiempo a situarse, es necesario que haya más para retrasar el momento de llamar al camarero, el camarero será uno y estará agobiado corriendo de un lado a otro de la terraza. Y serán dos porque debes ir de cervezas con alguien, si estás sólo puedes tomar un café.

4. Mogollón. Me acojo a la Quinta Enmienda.

5. Me encanta el cielo de Madrid. Ésta es muy importante, si la relacionas con Velázquez observarás un asentimiento generalizado de los demás no turistas y si ya hablas de la Gran Vía de Antonio Lopez eres más madrileño que Manuela Malasaña.

6. ¿Sabes que el Angel Caído del Retiro es la única estatua al Diablo del mundo? Es muy bonito decir eso y junto a lo del cielo te da esa pátina cultural que debe tener todo buen madrileño. Obviemos que no es un monumento al Diablo per se, derivó de John Milton y El Paraíso Perdido, y que hay estatuas parecidas en Italia y América del Sur.

7. En Madrid está el mejor marisco de España. El acento gallego es incompatible con esta frase hecha pero los demás podrán utilizarla cada vez que se estén comiendo un langostino reseco en un bar de Properidad, a mi me parece una estupidez maravillosa pero nunca la combato, las batallas perdidas merecen la pena si se libran por una rubia, no por una centolla.

Con lo dicho cualquiera puede dejar de ser turista en Madrid siempre que quiera. Animaría a hacerlo si pudiera escribirlo mejor que Jesús Terrés aquí: http://blogs.revistagq.com/nadaimporta/2013/09/consultorio-ni-vendeme-madrid/, porque “la vida se pintará de acacias y tejas -el color del cielo que abrasa la Gran Vía cuando atardece, y cada paso será una nota de una partitura que aún no entiendes, pero que ya intuyes”. Mola mogollón.

La dedicación

Fue leyendo lo que Umbral había escrito sobre unos gatos de El Retiro cuando me di cuenta de que quería dedicarme a escribir cosas, al menos parcialmente. La dedicación es algo que uno decide con las herramientas que tiene y puede partirse en cuantos trozos queramos. Durante todos estos años el único elemento común ha sido mi determinación por seguir durmiendo un rato diariamente, lo demás iba y venía. Hubo un momento en el que quería escribir grandilocuentes reportajes sobre nuevos fenómenos sociales a lo Hunter S. Thompson pero descubrí que Norman Mailer jaleaba en las manifestaciones porque quería que acabaran lo antes posible, le aburrían. Queremos que los políticos tenga dedicación exclusiva a la política pero también queremos que antes se hayan dedicado exclusivamente a otra cosa, algunos dicen que a trabajar. También nos place que se ocupen de nosotros, si la amante comprueba el móvil en pleno trote cualquier alma distraida puede creer que no hay la concentración necesaria para el éxtasis.

Una amiga conoció a un chico en una discoteca de batalla, era un jovencito apocado y el hielo de su cubata casi había desaparecido así que decidió llevarselo a su lujoso hotel porque era una semana de otoño y sentía que llevaba demasiadas semanas sin acabar nada. Todo fue sencillo al principio, él la desnudó besando cada trozo de piel que descubría y lanzando la ropa muy lejos para que ella no pudiera alcanzarla en un pestañeo de arrepentimiento. Todo iba muy bien al principio hasta que ella le quitó la camisa al chico: tenía un tatuaje de Batman que le cubría casi toda la espalda. En ese momento, confiesa mi amiga, dudé entre poner la cara de Joker o follármelo como si fuera Christian Bale pero lo único que pude hacer fue solidarizarme con su madre. Esa noche fue el punto de no retorno en la vida de mi amiga: cuando en vez de pensar como los hijos piensas como los padres ha llegado el momento de optar entre actuar como Annette Bening o como Ana Obregón.

Oda a la primavera

Uno intenta escribir lo mejor que puede cuando se lo pide el cuerpo. Mi plan a corto plazo era escribir sobre Her, la vi hace unos pocos días y cuanto más la rumio más me apetece dejarme bigote y encontrarme en un ascensor con Scarlett Johansson. Era un buen tema y la primera crítica que iba a hacer en esta moleskine pero me jodieron la intentona, me encontré con http://nadieporlacalle.wordpress.com/2014/03/07/estar-en-llamas/ “la promesa de la primavera y guiños de carteles luminosos de venta de relojes de diseño”. Así de sopetón me roba una ladrona de iluminaciones. Tengo dos opciones: o me ensarzo en una guerra de críticas que estoy condenado a perder porque ser un caballero implica dejar ganar, o con una larga cambiada hago una elegante referencia y me dedico a cantar las bondades de mayo. O sea.

Pienso que la gracia de escribir no se trata tanto de la técnica necesaria como de la oportunidad buscada, no puedo ser impactante con la muerte de Panero ni con el vals de Crimea así que tengo que adelantarme al propio tiempo. Un, dos, tres y…

La primavera es un enclave que por mucho que busquemos no va a salir en los mapas, la primavera es un estado indolente, una cuenta de bar inacabada, un chiste que no sabías, un rayo de sol que hace un par de meses no estaba, una camiseta de tirantes que la rubia tenía enterrada en el fondo del armario y de repente se hizo ver, un domingo que se sale a la Latina, un después te llamaré. La primavera es un estado del alma de los que no quisieron enfrascarse en anteayer, los que vieron al almendro muy nervioso porque hacía frio pero tenía flores blancas dentro de él.

Si sientes que se ha acabado la resaca, que las dudas se reagrupan porque la vida vuelve a su ritmo habitual, ese respiro anterior a Semana Santa en el que si no se te ocurre nada rápido vas a tener que continuar con la rutina, piensa en el concierto del patio interior, en el parque donde la chica se tumba en el cesped para broncearse, en el grupo de amigos que sin ninguna razón aparente va a tomar una cerveza después del trabajo, en los amantes sudorosos que, con las ventanas abiertas del mediodía, no necesitan taparse después de hacer el amor. Piensa en todo eso, piensa en que quedan dos semanas para que llegue la primavera, piensa en que puedes acercarte al cine para ver Her, asume que si no eres feliz es porque no me haces caso o no me entiendes, y si mañana me encuentras de cañas… ya te invitaré. 

Quedarse en la pensión a dormir

“De aquellas reuniones se salía con sueño, hambre, cansancio, escepticismo, dolor de testículos y dolor de corazón. Alguien se fumaba un petardo, pero la cosa no iba a más y todavía se veía como muy lejano eso de los paraísos artifiviales. De momento, había que ir resistiendo con vino peleón las represiones oligarco-burguesas del capitalismo internacional patrocinado por la derecha española, como se decía en los momentos inspirados y lúcidos de la reunión. Allí conocí chicos de económicas y de periodismo, “los de periodismo son unos caguetas, van a integrarse todos en seguida”, chicas de Letras y poetas que almorzaban de vez en cuando con Blas de Otero.
La geografía nocturna de la ciudad no tenía nada que ver con el mapa municipal diurno, de modo que durante el día no habría podido yo identificar ninguna de las calles ni casas donde habíamos estado. Era un Madrid clandestino y silencioso que se borraba con la llegada de la luz, el despertar de las oficinas y la primera ronda de la policía armada a caballo.
Era mejor, me decía dentro del alma el pequeñoburgués provinciano, quedarse en la pensión a dormir, acostarse pronto, madrugar y salir a las calles, lo más presentable posible, a buscar un empleo, una colaboración, un periódico, un trabajo, algo. Pero la noche siguiente volvía a meterse en conspiración, amor, penumbra, huevos duros, whisky con té, películas clandestinas, musas de la revolución, pintores malditos y malcasadas que me miraban con ojos tiernos pero no acababan de decidirse, las tías.”

“Retrato de un joven malvado”. Francisco Umbral.