La belleza del proceso

La vida es un proceso fugaz y terrible que termina un tiempo variable después de la muerte. Hay personas que creen que un instante es sólo un momento pero están equivocadas porque hasta un parpadeo tiene presentación, nudo y desenlace. Hay sonrisas de mujer que incluso tienen consecuencias, casi como si fueran el batir de alas de una mariposa caprichosa en las llanuras de Oregon, como el prestige de aquella película de magia.

Los hombres débiles tendemos a imputar la responsabilidad de los acontecimientos adversos al momento que mejor encaje con nuestra conciencia, es una trampa sencilla que nos permite dormir lo suficiente como para seguir cometiendo errores que repartir a los demás. Admiro al hombre capaz de decir que un libro no le gusta pero que contiene una reflexión bellísima de la amistad, que la película le aburre pero los títulos de crédito le fascinan, que ya no recuerda el rostro de aquella mujer pero todavía sueña con su forma de quitarse el vestido, casi sin moverse, como si le ordenase caer con un golpe de melena. Comprender los procesos temporales ayuda a disfrutar los pequeños detalles.

Querer ser justo implica la voluntad de aprender a estructurar las historias, a darles un principio y un final, aplicar una lógica sentimental a todo lo que empieza y acaba porque las tautologías únicamente funcionan para los finales abiertos y en la vida real no existen. Nuestro mundo son historias que terminan desde el mismo momento en el que empezaron y si no lo aceptas vives enganchado a recuerdos o expectante de comer unas perdices que nadie va a cazar para ti.

Llevo años intentando descubrir por mí mismo cuándo se nos jodió el Perú, que es otra forma de decir que estamos al final de un proceso largo y tortuoso cuyo inicio ya nadie recuerda. Soy optimista, lo suficiente como para creer que están empezando cosas. Las canas van ganando terreno de mi melena leonina, me duelen las rodillas por lesiones de juventud cuando el tiempo refresca, las resacas son de gatillo fácil, gruño por cosas que antes no me importaban, madrugo los domingos para limpiar el coche y comprar el periódico. Todo son procesos.

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El zapatero

Hoy he entrado en una zapatería después de muchos años. Casi había olvidado ese olor a piel y ungüentos mágicos, los cajones de madera donde guardar clavos, cintas, topes, moldes, cuñas, tapas, y una larga lista de artilugios sencillos que sólo los zapateros saben poner en el orden adecuado. Cuando era un crío pasaba las tardes en la zapatería del barrio, el buen hombre que la regentaba me dejaba jugar con sus instrumentos de trabajo de uno en uno, tenía que devolver el que había cogido a su sitio original y luego podía coger otro, el que quisiera. Esta preparación infantil era extraordinariamente útil para un audaz muchacho que quería ser arqueólogo porque las herramientas de trabajo eran muy parecidas, sólo había que imaginar que el zapato Oxford que tenía entre manos era una daga micénica.

Las horas pasaban muertas como si todo el mundo usara zapatillas deportivas pero siempre había cosas que hacer, no ponía la radio ni la televisión, y eso me resultaba sorprendente porque lo único que escuchabas tras cerrar la puerta acristalada de la calle era conversación de viejos amigos y martillos golpeando materiales sencillos como cuero, madera o metal.

Al entrar hoy y ver al zapatero encorvado sobre unos tacones de aguja negros he estado a punto de abrazarlo y contarle en cinco minutos lo que ha pasado durante estas últimas décadas. Quería decirle que mi abuelo, su íntimo amigo con el que iba a la zapatería, murió muy rápido unos años después de él, que mi abuela también se había ido, que el lugar donde estaba su negocio es ahora una persiana metálica enferma de óxido. Quería decirle que me gustaba verlos hablar en aquellas sillas de enea aunque no entendiera nada, me sentía importante porque yo era un niño y el me llamaba Don Juan.

Como las piscinas que se vacían en invierno, al recuperar todos esos recuerdos he sentido que la memoria hay que cuidarla con regularidad porque si no lo haces no hay agua suficiente para tirarse de cabeza y estás condenado a darte un golpe importante. El zapatero ha hecho dos agujeros más al cinturón, no ha querido cobrarme nada y yo me siento fatal porque es como si le debiera dinero a un muerto.

Los hombres que amamos a las mujeres

Es algo automático que no decido, un impulso, un tic, una reacción involuntaria: cada vez que tomo un par de copas en casa pongo música de Loquillo. No pretendo ser un especialista en el hombre, no puedo cantar todas sus canciones, no tengo tupé (aunque podría) ni pienso vestir siempre de negro; pero acepto con sumisión la vis atractiva de ese lugar incómodo que es sentirte más guapo que el resto. Ojalá poder dejarte caer sobre el micrófono susurrando “la ciudad es tan grande pero tu amor tan pequeño”  mientras las adolescentes cuarentonas te miran con la boca entreabierta arreglándose el pelo como si te estuvieran quitando la camisa.

Un padre lleva a su hijo a dar un paseo el día antes de que vaya a la universidad, le dice que sea responsable, serio, maduro, trabajador…el hijo asiente devoto y pregunta si también puede divertirse. El padre le dice que por supuesto puede divertirse pero nunca de las mujeres. Y es que no importa que te la hayan jugado una o mil veces, no hay putadas, cuernos, gritos, jugarretas, antojos, manías, juramentos sin cumplir o polvos sin echar que puedan justificar el hecho de no tratarlas como iguales a las diosas.

Eso se lo debieron decir a Loquillo en algún momento. Uno se puede reir de todo pero las mujeres están ahí para adorarlas, incluso cuando cantaba desesperado podías notar que era algo muy serio para él. Por favor sólo quiero matarla a punta de navaja besándola una vez más.” Ahora sólo le preguntan por política y yo siento que los periodistas malgastan ese tiempo con él: preguntadle por las mujeres, joder.

He vuelto.

Los aniversarios

La primavera es la única estación femenina, es efectista, bella y esencialmente contradictoria, la época de los cerezos en flor y cuando aumenta el número de suicidios. Las múltiples aristas de la primavera le hacen a uno pensar que nos afecta de acuerdo a nuestra actitud, como ocurre con los aniversarios.

Conocí a una mujer que todos los años organizaba una gran comida familiar celebrando el día en que un camión atropelló a su hijo. El niño sobrevivió tras mucho llanto y a ellos les gusta reunirse para  recordar dónde estaba cada uno cuando crujieron aquellos huesos y una bicicleta quedó para el desguace. En mi caso hay tantos aniversarios que he decidido celebrar los días que no me recuerdan a nada.

Estos meses han sido de esos que dentro de muchos años recordaré con actitud ausente o descorchando un Vega Sicilia: los hechos serán los mismos pero la reacción puede variar tanto como yo quiera. La actitud vital, esa forma de responder a las hostias de realidad que a todos nos dan los años, es como la dicotomía entre cinturón o tirantes para el traje: puedes elegir lo que quieras pero sólo hay una decisión acertada. Mientras escribo esto  Gabriel García Márquez está recibiendo cuidados paliativos en un hospital de México D.F. y cuando se nos vaya algunos hablarán de Cien años de soledad y otros del ojo que le dejó morado Vargas Llosa. No podemos elegir nuestro mundo pero sí la forma en que lidiamos con los problemas: por eso Indiana Jones volteó la tumba de aquél cruzado para conseguir una bolsa de aire.

 

 

 

Oda a la primavera

Uno intenta escribir lo mejor que puede cuando se lo pide el cuerpo. Mi plan a corto plazo era escribir sobre Her, la vi hace unos pocos días y cuanto más la rumio más me apetece dejarme bigote y encontrarme en un ascensor con Scarlett Johansson. Era un buen tema y la primera crítica que iba a hacer en esta moleskine pero me jodieron la intentona, me encontré con http://nadieporlacalle.wordpress.com/2014/03/07/estar-en-llamas/ “la promesa de la primavera y guiños de carteles luminosos de venta de relojes de diseño”. Así de sopetón me roba una ladrona de iluminaciones. Tengo dos opciones: o me ensarzo en una guerra de críticas que estoy condenado a perder porque ser un caballero implica dejar ganar, o con una larga cambiada hago una elegante referencia y me dedico a cantar las bondades de mayo. O sea.

Pienso que la gracia de escribir no se trata tanto de la técnica necesaria como de la oportunidad buscada, no puedo ser impactante con la muerte de Panero ni con el vals de Crimea así que tengo que adelantarme al propio tiempo. Un, dos, tres y…

La primavera es un enclave que por mucho que busquemos no va a salir en los mapas, la primavera es un estado indolente, una cuenta de bar inacabada, un chiste que no sabías, un rayo de sol que hace un par de meses no estaba, una camiseta de tirantes que la rubia tenía enterrada en el fondo del armario y de repente se hizo ver, un domingo que se sale a la Latina, un después te llamaré. La primavera es un estado del alma de los que no quisieron enfrascarse en anteayer, los que vieron al almendro muy nervioso porque hacía frio pero tenía flores blancas dentro de él.

Si sientes que se ha acabado la resaca, que las dudas se reagrupan porque la vida vuelve a su ritmo habitual, ese respiro anterior a Semana Santa en el que si no se te ocurre nada rápido vas a tener que continuar con la rutina, piensa en el concierto del patio interior, en el parque donde la chica se tumba en el cesped para broncearse, en el grupo de amigos que sin ninguna razón aparente va a tomar una cerveza después del trabajo, en los amantes sudorosos que, con las ventanas abiertas del mediodía, no necesitan taparse después de hacer el amor. Piensa en todo eso, piensa en que quedan dos semanas para que llegue la primavera, piensa en que puedes acercarte al cine para ver Her, asume que si no eres feliz es porque no me haces caso o no me entiendes, y si mañana me encuentras de cañas… ya te invitaré. 

Quedarse en la pensión a dormir

“De aquellas reuniones se salía con sueño, hambre, cansancio, escepticismo, dolor de testículos y dolor de corazón. Alguien se fumaba un petardo, pero la cosa no iba a más y todavía se veía como muy lejano eso de los paraísos artifiviales. De momento, había que ir resistiendo con vino peleón las represiones oligarco-burguesas del capitalismo internacional patrocinado por la derecha española, como se decía en los momentos inspirados y lúcidos de la reunión. Allí conocí chicos de económicas y de periodismo, “los de periodismo son unos caguetas, van a integrarse todos en seguida”, chicas de Letras y poetas que almorzaban de vez en cuando con Blas de Otero.
La geografía nocturna de la ciudad no tenía nada que ver con el mapa municipal diurno, de modo que durante el día no habría podido yo identificar ninguna de las calles ni casas donde habíamos estado. Era un Madrid clandestino y silencioso que se borraba con la llegada de la luz, el despertar de las oficinas y la primera ronda de la policía armada a caballo.
Era mejor, me decía dentro del alma el pequeñoburgués provinciano, quedarse en la pensión a dormir, acostarse pronto, madrugar y salir a las calles, lo más presentable posible, a buscar un empleo, una colaboración, un periódico, un trabajo, algo. Pero la noche siguiente volvía a meterse en conspiración, amor, penumbra, huevos duros, whisky con té, películas clandestinas, musas de la revolución, pintores malditos y malcasadas que me miraban con ojos tiernos pero no acababan de decidirse, las tías.”

“Retrato de un joven malvado”. Francisco Umbral.

Qué hacer para molar en Navidad

He querido ser prudente pero ya no hay excusa. Puedes encerrarte en casa y apagar la televisión, tirar por la ventana el transistor si eres lo suficientemente guay como para tener uno (pero únicamente en plan vintage), poner el móvil en plan vuelo para no recibir whatsapps, cerrar y sellar las ventanas para que no entre ningún sonido de la calle pero no conseguirás evadirte completamente de la Navidad porque tu plan tiene grietas. Habrá una llamada de mamá para preguntarte si necesitas calcetines, un colega gritando desde el otro lado de la calle si te apuntas a la cena navideña, un Corte Inglés se cruzará en tu camino justo en el momento en el que esos diabólicos muñecos dancen al ritmo de “Cooooortilandia, Cooooooortilandia” como si eso fuera el parque de atracciones de Pica y Rasca y al colocarte bajo esos luminosos estuvieras listo para que una lluvia de sangre cayera sobre ti culminando la ceremonia de iniciación. Es Navidad y no puedes evitarlo así que he decidido enseñarte qué hacer y qué no hacer para no dar asco.

1. No te disfraces.  Soy muy partidario de los disfraces pero no de los navideños, nadie está bien disfrazado de Papá Noel, ni siquiera de Papá Noel sexi: Papá Noel es un viejo gordo con nariz cirrótica que vive en la nieve con su señora y muchísimos duendecillos (hay que aclararse: si Legolas es un elfo esos esclavos sin gracia no pueden serlo). Sólo es admisible el disfraz si te piden que vayas de Rey Mago en la cabalgata. En ese caso pídete Baltasar y habla con acento cubano: nunca lo he entendido pero ya estamos acostumbrados a ese estereotipo tan raro y además,qué cojones, tiene mucha gracia.

2. Come mucho. En Navidad está permitido hacer el mal y hay que darse los cumplidos homenajes. No importa que ayer comieras el cordero que preparó tu abuela, hoy puedes con esa fiduá. También se puede uno atiborrar de polvorones, mantecados, turrón a voluntad pero conviene hacerlo en privado. Si lo haces solo pero escuchando All by myself de Celine Dion tienes que dejar de comer chocolate inmediatamente y hablar con alguien.

3. No se intenta emborrachar a la abuela. Sé que los nietos tienen curiosidad por ver a la yaya tontuela pero no es gracioso. Es una señora que no bebe nunca y pide el café descafeinado corto de café porque dice que la altera así que no hay que insistir en que se tome la copa de vino.

4. Canta villancicos. Muy alto, en cualquier momento, si no te sabes la letra la inventas o tarareas. Son admisibles casi todos pero no serás igual de molón si cantas Los peces en el rio Sleigh Right porque no eres Raphael. Nunca lo serás, olvídalo, ni lo intentes. Los que no cantan son peores que los que cantan y eso ha sido así de toda la vida (menos Pitbull).

5. No vayas a la Plaza Mayor de Madrid. Ahí no hay nada que no puedas conseguir en otro sitio salvo una serie de artistas callejeros que disfrazados de muñecos adictos al crack harán que tu paseo por la zona se transforme en una visita aldentista al que le debes dinero acompañado por Bukowski. Miedito. Hay mucha gente y la mayoría está tan asustada como tú. No te gustan las caricaturas, el globo de Pikachu desinflado parece el condón usado por Montgomery Burns, una pareja se hace una foto selfie  queriéndose muchísimo mientras un espabilado le mete a ella la mano en el bolso, Felipe III sonríe desde las alturas porque de los miles de galopines que pueblan la plaza ninguno puede timarle, ya no hay oro del Perú. En fin, no vayas.

6. Queda con tus amigos. Da igual que la Navidad te la repanfinfle. Ver a tus amigos es algo que hay que hacer todo lo posible y estas fechas son una excusa maravillosa. Tenemos que vernos por Navidad y si es posible para cenar.

7. No vayas a cenas de Navidad

8. Organiza COMIDAS de Navidad. Las comidas son las nuevas cenas y eso es un hecho incontestable. Quedar a cenar con los amiguetes es la coartada que quieren los más amargados para terminar de comer lo antes posible e ir a ligar a un pub porque normalmente sus mujeres o sus novias no les dejan salir. Es una inercia muy parecida a la de las despedidas de soltero de las que ya hablaremos. Nos centramos en la comida de Navidad: es perfecto. Es de día, hace frío, llegas al restaurante tensión del trabajo y pides la primera cerveza. Sólo pueden hacerse de lunes a jueves. El sitio debe ser de confianza, un reservado a ser posible y con sobremesa hasta que anochezca. Si después  de horas de copas, historias, chistes y villancicos vuelve a picar el gusanillo es muy elegante pedir la cena. Si haces eso molas.

9. No te quedes todas las Navidades en casa. Hay que moverse al menos tres días, los que esquían a esquiar, está claro. Nueva York es lo más navideño que tenemos integrado en nuestro subconsciente pero si tienes menos días o no quieres cruzar un océano puedes pasar unos días en Madrid. En ese caso NO VAYAS A LA PLAZA MAYOR.

10. Tienes que ver Love Actually. Tienes que cantar All I want for Christmas is your, enternecerte con ese monísimo niño huérfano, imitar el baile de Hugh Grant, querer una boda como la de Keira Knightley aunque no vayas a casarte, reverenciar a Alan Rickman y Emma Thompson (si realmente hubieran engendrado un ser estaría llamado a dominar el mundo con sarcasmo y elegancia). Hay que ver Love Actually porque “to me, you are perfect”.  Ya sé que la película sólo tiene 10 años, que estaban antes ¡Qué bello es vivir! o Willow  pero es como decir que lees a Holden Caulfield (http://manual-de-un-buen-vividor.blogs.elle.es/), todo el mundo tiene que hacerlo o al menos fingir que lo hace.

11. No digas “Felices Pascuas”. Quedas mal, es como celebrar el Yom Kippur el día de San Juan. En Navidad nace y en Semana Santa muere. No se pregunta en un velatorio cuánto ha pesado.

12. Hay que leer el día de Navidad. Si es posible junto a la chimenea aunque no es imprescindible. Puede ser Dickens, Cicerón George Keaton, el que más apetezca pero lee un rato.

Feliz Navidad