La penúltima

Un compañero de juergas, cuando estábamos en la calle con la garganta rezumando ginebra y la mirada nublada, tenía una manera especial de convencerte para seguir la marcha fuera la hora que fuera: te ponía la mano en el hombro, paternal, y proponía ir a otro bar para tomar “la penúltima”. Esa expresión me hacía gracia y le acompañaba encantado pensando que era una manera de honrar el ingenio, como si hubiese aparecido Quevedo en mitad de un examen y me hubiera llamado a unos juegos florales. Lo decepcionante es que mi amigo no era un poeta, ni siquiera era ingenioso, sólo un borracho que me seguía el ritmo.
Hubo una época en la que sentía la tristeza del hombre al que todo le sale bien. Melancólico de mi propia derrota caminaba con paso errante en busca de un bar donde sirvieran la penúltima, un Savoy con perdedores de carne y hueso a los que copiaba la amargura de los ojos y la forma de coger el cigarrillo. Pero todos los antros peligrosos tienen una puerta de atrás por donde escapar cuando sientes el peligro de acomodarte y yo tiendo a sobrevivir. En aquellos tiempos escribía furibundo en mitad de la noche, del bar al ordenador,  me comparaba con Shakespeare, con Santa Teresa, con Oliver Stone; no se puede crear, pensaba yo en voz alta, sin trascender de uno mismo. La mayoría era bazofia de iluminado.
Todo esto ha cambiado y ahora huyo en bicicleta de cualquier cosa que me recuerde lo que pudimos llegar a ser, agradeciendo que la suerte se compadeciera de nosotros  dándonos los fracasos necesarios para no perder el Norte y las victorias suficientes como para sentirnos mejor que el resto. De la rosa no nos queda más que el nombre y Adso de Melk en su vejez piensa en la muchacha desnuda porque la madurez es ser consciente de que estuviste en el filo de la navaja y te salvaste aunque lo merecieras menos que muchos.

Dejarse

Homer descansa en la hamaca de su jardín cuando su perro se acerca a él luchando contra el viento hurcanado, razona que los animales son los primeros en darse cuenta de los desastres naturales y le pregunta qué ocurre ” ¿Fuego? ¿Terremoto? ¿Hippies?”. Lisa ya ha descubierto lo que pasa porque ha descendido la presión.

Este mismo proceso se da cuando los hombres queremos ponernos serios y ser lo más listos. Elegimos unos axiomas casi al azar y los utilizamos como herramientas insustituibles, ideas inmarcesibles que actuarán como brújula infalible en nuestro vacio recorrido, ese hueco que pretendemos llenar con experiencia, historias repetidas y noches memorables que forzamos con cubatas y dopaje por catálogo.

Tomás Moro escribió a su hija embaraza esperando “un pequeño que sea como su madre en todo menos en su sexo”.  La intención no era mala porque el hombre demostró que confiaba en las mujeres, al menos cuando estaban bien educadas, y se trata de asumir las virtudes y los defectos de cada uno. Una buena forma de hacer el mejor mejor es dejarse de pretensiones estúpidas aunque sólo sea porque un pretencioso es una de las cosas más horteras que se me ocurre. Camus creó a aquél médico desgraciado que nos dio la más maravillosa de las sentencias en “La peste”: “Me avengo a ser lo que soy, he conseguido llegar a la modestia”. Dejando a un lado que Camus le mojó la oreja a Sartre por su humildad y, sobre todo, por esa forma tan atractiva que tienen algunos feos de fumar entiendo que un hombre no debe pretender jugar a aquello para lo que no tiene aptitudes. Si eres Maquiavelo o Javier Rigau puedes mirar a una mujer a los ojos y retarla a un duelo de frivolidades, malentendidos, mensajes interlineados, sonrisas con forma de interrogación y llamadas perdidas sin hacer. No hace falta que firméis un contrato; si sabes cómo funciona debes ser capaz de intuir si ha aceptado, si ha rechazado el reto o si necesita un cuarto de baño urgentemente.

“No sufráis, niñas.\No sufráis.\Que el hombre es un farsante.” Dejó dicho Shakespeare, las mujeres no son falsas, son sinceras en cada momento y ahí está la clave. No temáis, niños, no temáis. Os digo yo que despejaré toda sombra de duda y miedo que oscurezca vuestros corazones o mengüe vuestras carteras. Sed modestos, sed humildes, comprended que son mejores que nosotros y que todo lo que es mejor que nosotros, como la cerveza o una conversación al atardecer en la playa, debemos aceptarlo con agradecimiento y no racionalizarlo. Sería como intentar comprender los huracanes, totalmente imposible si no eres un perro.