La belleza del proceso

La vida es un proceso fugaz y terrible que termina un tiempo variable después de la muerte. Hay personas que creen que un instante es sólo un momento pero están equivocadas porque hasta un parpadeo tiene presentación, nudo y desenlace. Hay sonrisas de mujer que incluso tienen consecuencias, casi como si fueran el batir de alas de una mariposa caprichosa en las llanuras de Oregon, como el prestige de aquella película de magia.

Los hombres débiles tendemos a imputar la responsabilidad de los acontecimientos adversos al momento que mejor encaje con nuestra conciencia, es una trampa sencilla que nos permite dormir lo suficiente como para seguir cometiendo errores que repartir a los demás. Admiro al hombre capaz de decir que un libro no le gusta pero que contiene una reflexión bellísima de la amistad, que la película le aburre pero los títulos de crédito le fascinan, que ya no recuerda el rostro de aquella mujer pero todavía sueña con su forma de quitarse el vestido, casi sin moverse, como si le ordenase caer con un golpe de melena. Comprender los procesos temporales ayuda a disfrutar los pequeños detalles.

Querer ser justo implica la voluntad de aprender a estructurar las historias, a darles un principio y un final, aplicar una lógica sentimental a todo lo que empieza y acaba porque las tautologías únicamente funcionan para los finales abiertos y en la vida real no existen. Nuestro mundo son historias que terminan desde el mismo momento en el que empezaron y si no lo aceptas vives enganchado a recuerdos o expectante de comer unas perdices que nadie va a cazar para ti.

Llevo años intentando descubrir por mí mismo cuándo se nos jodió el Perú, que es otra forma de decir que estamos al final de un proceso largo y tortuoso cuyo inicio ya nadie recuerda. Soy optimista, lo suficiente como para creer que están empezando cosas. Las canas van ganando terreno de mi melena leonina, me duelen las rodillas por lesiones de juventud cuando el tiempo refresca, las resacas son de gatillo fácil, gruño por cosas que antes no me importaban, madrugo los domingos para limpiar el coche y comprar el periódico. Todo son procesos.

Los aniversarios

La primavera es la única estación femenina, es efectista, bella y esencialmente contradictoria, la época de los cerezos en flor y cuando aumenta el número de suicidios. Las múltiples aristas de la primavera le hacen a uno pensar que nos afecta de acuerdo a nuestra actitud, como ocurre con los aniversarios.

Conocí a una mujer que todos los años organizaba una gran comida familiar celebrando el día en que un camión atropelló a su hijo. El niño sobrevivió tras mucho llanto y a ellos les gusta reunirse para  recordar dónde estaba cada uno cuando crujieron aquellos huesos y una bicicleta quedó para el desguace. En mi caso hay tantos aniversarios que he decidido celebrar los días que no me recuerdan a nada.

Estos meses han sido de esos que dentro de muchos años recordaré con actitud ausente o descorchando un Vega Sicilia: los hechos serán los mismos pero la reacción puede variar tanto como yo quiera. La actitud vital, esa forma de responder a las hostias de realidad que a todos nos dan los años, es como la dicotomía entre cinturón o tirantes para el traje: puedes elegir lo que quieras pero sólo hay una decisión acertada. Mientras escribo esto  Gabriel García Márquez está recibiendo cuidados paliativos en un hospital de México D.F. y cuando se nos vaya algunos hablarán de Cien años de soledad y otros del ojo que le dejó morado Vargas Llosa. No podemos elegir nuestro mundo pero sí la forma en que lidiamos con los problemas: por eso Indiana Jones volteó la tumba de aquél cruzado para conseguir una bolsa de aire.