Y al final, una lista

Tengo muchas ideas geniales que descarto por complacencia o pereza, también he llegado a desarrollar algunas que han dado unos resultados extraordinarios, incluso más allá de lo que hubiera podido pensar en un principio. He de advertir que no será éste el sitio donde proyecte mis miserias explicitamente por dos motivos fundamentales. En primer lugar porque para eso está George, ese maravilloso y obeso melancólico se recrea en sus decepciones de una manera tan agradable que no me apetece competir con él; el segundo motivo es más práctico, lo hago mucho mejor con la cabeza apoyada en el regazo de una mujer desnuda o en una barra de bar después de haber bebido las cervezas suficientes como para rechazar los encurtidos resecos con que las acompañan, aceitunas y pepinillos  que puedo consumir hasta que el camarero, sirviéndome otra cerveza, me diga que ya he tomado suficientes vinagretas por hoy y me pida las llaves del coche. Eso pasó una vez, lo curioso fue que como era  él a quien le contaba mis penurias me tuvo que llevar a casa y le dejé la tapicería de la furgoneta llena de vómito avinagrado.

He dicho que no hablaré de mis miserias y he explicado los motivos principales de mi decisión pero eso no quita que  tenga dudas. Llevo toda la mañana pensando qué pañuelo me voy a poner el sábado  y cómo puedo organizar un flashmob en la Plaza Mayor para hacer que muera de vergüenza una chica que lleva demasiadas horas sin reír. Tampoco entiendo que no haya un puente aéreo uniendo la ventana de mi habitación con el Mercado de San Miguel o un día entre el sábado y el domingo que podamos solicitar acreditando unos motivos legítimos, ya sea una resaca o la necesidad inexorable de ver ocho capítulos de The West Wing mientras debates sobre en qué va a consistir la próxima comida.

Obviaré el calor, la lluvia que está por llegar y que pronto maldeciré, las piernas cargadas, el mal sabor de boca, la presión en la garganta y las sienes, el vecino al que te cruzas dos veces al día y no saluda, el cactus que no mejora si lo riegas y empeora si no le echas agua, los blogs de hipsters que no saben dónde está la Plaza de San Ildefonso, los pretenciosos que creen que no hay modernos más allá de Malasaña, los escritores que presumen de un artículo que parece la lista de la compra, incluso obviaré que he estado todo este post mintiendo como si fuera el mejor jugador de mus de toda Castilla y también de la parte de Navarra que juega con cuatro reyes. Pero no pienso obviar que aprender a compartir miserias es una de las cosas más lindas, catárticas y difíciles que he hecho en mi vida

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El alemán borracho

La vuelta a la rutina ha sido tranquilizadora. Escucho los automóviles que inundan el Paseo de la Castellana a través de la ventana abierta de mi estudio. La luz es suficientemente cálida como para que no me duelan las articulaciones y el aire no es tan fresco todavía como para tener que cubrirme con mi fiel mantita de alpaca. El verano me ha sentado bien a pesar de que dentro de mí sé que necesito rebajar el ritmo de aviones, ya me cuesta dormirme mientras despega y las continuas visitas al baño hacen que sea estadisticamente inevitable caer sobre una relajada señora en su asiento gracias a una oportuna turbulencia. Sea como sea, la última estancia en Chipping Campden me sentó estupendamente, es como rejuvenecer gracias al recuerdo, ya no necesito tantas pastillas.

Mi rutina es muy parecida a la del resto humanos, es cómoda. Escribo, hablo con gente, paseo y todo siguiendo unos horarios profundamente razonados. Disfruto mucho los ratos con gente joven. Ayer vino a visitarme mi amigo Felipe. Yo era amigo de su padre, un andaluz serio y recto que trabajaba el campo con pasión y de verdad pensaba que la fruta que recogía se iba a transformar en un trabajo de chaqueta y corbata para su hijo. No fue exactamente así, pero algo de razón tenía el buen hombre. Su hijo tiene una vida muy agradable, no lleva chaqueta y corbata casi nunca pero gana lo suficiente como para poder venir a ver de vez en cuando a Madrid a un viejo amigo de su padre y, según me contó, no le faltan mujeres.

He observado que las cosas van o más rápido o más lento que antes. Hay muchos encuentros de una noche, están las miradas que se cruzan y las copas que han bebido. Son muy agradables, dice Felipe, porque no hay mentiras ni esperanzas más allá de disimular que una vez ha terminado estás deseando irte a dormir a casa. El problema, continúa, son las mujeres con las que no coincides. A veces tú quieres un ritmo y ella quiere otro,  que la cosa funcione dependerá del que quiera ella. No hay por que ponerse nervioso, asumes el fatalismo y bailas lo mejor que sabes.

No deja de llamarme la atención la facilidad los españoles para asumir su destino , incluso aunque no crean en él. Hace muchísimos años compartí confidencias en un bar de Panamá con un marinero alemán. No lo he vuelto a ver, ni quiero. Tenía un aura violenta e inestable que te hacía sentir incómodo pero he de admitir que era un señor muy certero. Él no creía en el destino, ni en Dios, ni en la virginidad de ninguna mujer. Conseguía que vieras su desencanto como la consecuencia lógica de haber cruzado el océano. Había tenido muchas amantes, como se empeñó en señalar repetidas veces, y se había enamorado de todas, muchas a la vez. Me invitó a hacer lo mismo, con los ojos bañados en lágrimas, me ordenó que no consintiera que mi orgullo de mierda, eso fue lo que dijo, se interpusiera entre una mujer y yo.

No le he hecho caso muchas veces, de hecho había olvidado a ese sórdido teutón durante años aunque ahora estoy especialmente afectado por aquellas palabras. Puede que sea septiembre o puede que el musical de coches en la calle me haya despertado de las vacaciones

Amanecer en Damasco

He viajado a Siria dos veces. La primera con una mujer caótica y maravillosa que lucía el hiyab cubriendo su melena roja como si se hubiera criado en un suburbio de Alepo. La segunda fue en circunstancias completamente distintas, era necesario reunirse con cierta gente y conseguir cerrar unos acuerdos que serían beneficiosos para algunos amigos, fue difícil pero se consiguió.

Llevamos un par de años escuchando mucho de Siria, antes estaba mezclada entre muchos países musulmanes que eran tratados en occidente como una misma cosa,  la Primavera Árabe. Ya casi no recuerdo si comenzó en la Plaza Tahrir de El Cairo, en la Puerta del Sol madrileña, en la piel calcinada de un frutero tunecino, en un despacho sin ventanas de Tel Aviv o en un gentlemen´s club londinense. Leo que Estados Unidos y sus aliados atacarán Siria pero no quieren deponer a Al Asad, supongo que han aprendido de la dos guerras del Golfo y pretenden cometer los mismos errores pero de una vez.

Siempre ha sido tradición entre grandes líderes de países discutiblemente democráticos tener unos cuantos dobles preparados para ser asesinados o simplemente para distraer al enemigo. Imagino que es posible utilizarlos para lo que el líder quiera pero no se estila informar sobre la agenda privada. Lo que me motiva de la historia es que si Al Asad consiguiera escapar de Siria y ocultarse de sus enemigos sería extremadamente fácil para él mezclarse entre los ciudadanos de cualquier sociedad europea. Veo su sonrisa de oler algo vergonzante, sus orejas puntiagudas, su corte de pelo melancólico de flequillo, esos ojos de omeya… y lo imagino preparándome el rape en cortes gruesos y dejando en una bolsa aparte la cabeza para caldo o explicándome que no puede retirar la multa de la hora aunque sólo me haya pasado 15 minutos porque eso va directo al ordenador central.

Leyendo estos últimos días sobre Siria he pensado mucho en la mujer pelirroja. A veces con las mujeres he necesitado una guerra que determinase el nuevo orden mundial, un statu quo en el que manejarte y saber qué pasaporte falso has de utilizar para cruzar una determinada frontera. El problema de los rebeldes sirios no es que sean unos fanáticos religiosos, tampoco que no puedan recibir ayuda abierta de algunos gigantes, ni siquiera que los otros gigantes apoyen a su enemigo. El problema de los rebeldes sirios, igual que el de aquella mujer pelirroja, es que no supieron distinguir entre las batallas y la guerra.

Vacaciones en Chipping Campden

El pequeño invernadero refleja la distante luz solar en la fachada de ladrillo antiguo y cuidado de la casa en que me alojo. Como todos los veranos desde mi época universitaria me gusta pasar unos días en Chipping Campden, un encantador pueblecito donde veníamos a menudo los compañeros de Oxford porque nuestro amigo Jack tenía una mansión familiar, aunque sus padres vivían en Londres, y estaba cerca de la universidad. Llegábamos con la tensión en los hombros de esa quietud asfixiante de clases y exámenes,  y tras unos días de cerveza, cartas y excursiones todo volvía a ser fogosa juventud.

Ya no vuelvo para recuperar la fogosidad, después de muchos años he llegado a un acuerdo con mi cuerpo y los términos eran claros: no me exijas tú a mí y de vez en cuando te daré una sorpresa inoportuna. Me parece que es muy generoso por su parte. Vuelvo a Chipping Campden para aprender. Mis días aquí son muy relajados, doy una larga caminata a primera hora, un buen desayuno del que he tenido que eliminar el colesterol por lo que debería dejarlo en un desayuno, a secas. Durante el resto del día leo y trabajo, y después de la cena voy al Ebrington Arms a tomar una cerveza. Es un pub delicioso que ya frecuentábamos en nuestra época universitaria. Allí es donde me reúno con Jack.

Jack Mickleton pertenecía a una familia arraigada a aquella zona, sus antepasados fueron unos pequeños señores que, tras algún paso en falso, habían sabido adaptarse a los nuevos tiempos. Pasaron de vivir de las rentas de sus cada vez peores tierras a darse cuenta de que si querían tener un futuro mejor que el pasado tenían que vivir en Londres. Su bisabuelo fue el que dio el paso y cuando estudiábamos en la universidad su padre ya era vicepresidente de una extraña empresa, nunca llegué a entender exactamente a lo que se dedicaba pero tenía oficinas en toda Asia. Jack no parecía tener el olfato ni el ansia paterno así que decidió suicidarse en vida estudiando filología hispánica en Oxford. Supongo que por eso nos llevamos tan bien desde el principio. Él me animaba a hablarle en español y yo le pedía cervezas como contraprestación. Después de tantos años las cosas han cambiado mucho para los dos. Resulta que él se pudo ganar la vida así sin recurrir al dinero familiar, aunque tras morir su padre Dios sabe que se aseguró la jubilación, y yo ya no necesito que nadie me pague las cervezas, mi problema es que no puedo abusar de ellas.

Hablamos de muchas cosas, la mayoría de las veces del pasado, pero otras me doy cuenta de lo que el mundo ha perdido con Jack dejándole que se arrincone en su despacho. Sólo le escuchan sus alumnos, competentes e ilusionados, pero tan pocos… Aprendo mucho de Jack, como cuando la otra noche me habló de sus sueños incumplidos, esos que ya ni siquiera persigue. Le pregunté por qué ya no los perseguía, tenía salud, dinero y tiempo. Él fue condescendiente conmigo, me dio unas palmaditas en la mano que sujetaba la pinta y confesó que para vivir ciertos sueños es necesario estar dormido, algo que él ya no estaba dispuesto a hacer porque temía no despertarse

Los errores y el yo

La Marquesa de Merteuil ha ido al teatro, es abucheada y humillada por sus antiguos amigos y admiradores. Todo ha ocurrido muy rápido, sus intrigas triunfaron pero no previó la existencia de cariño y amor en el alma negra de Valmont, error fatal. Ya sólo le queda sentarse frente al espejo, espejo del que vemos una parte y no es el reflejo. Es Glenn Close en la mejor versión que se ha hecho en el cine de “Las amistades peligrosas”, es la Marquesa que se desmaquilla con parsimonia y gravedad, no se le llenan los ojos de lágrimas por los gritos, por los silbidos ni por los insultos, está hundida porque se ha dado cuenta de que se ha equivocado, creía que sus juicios no fallaban, nadie podría cogerla en un renuncio ya que dedicaba todos sus días a jugar. Lo cruel, horroroso y cierto de esa escena es que no necesitamos ver el reflejo en el espejo, probablemente fuera una pieza de madera, no es necesario porque nos enseñan algo más difícil, la cara de un monstruo que se descubre a sí mismo. Algo así como si fuera posible haber visto la cara de Ana Obregón en el instante en que descubrió su nariz.
Llevar toda una vida confiando en tus virtudes deja unos flancos descubiertos que ya no vas a poder salvar, supongo que se trata de un boxeador que ofrece las costillas porque ya le han roto la nariz y las cejas. Haz lo que debes con lo que te han dado, pórtate como un buen chico, no seas arrogante… y conquistarás el mundo.
El problema es que cuando a Valmont empezó a importarle la chica, la perdió.

De Dios, catalanes y sociólogos

Me gustaría encontrarme en la misma habitación con mucha gente, desde Wes Anderson pensando en si se deja bigote a Vladimir Putin con el pecho descubierto mostrando una trucha del tamaño de un disidente de mediana edad, la lista es interminable porque siempre he sido muy curioso, de hecho creo que si hubiera nacido mujer me habría llegado antes la menopausia que la regla. Pero si ahora pudiera elegir, en este mismo momento, metería en una habitación sin ventilación ni agua al ministro Wert, a algunos rectores de universidad, profesores de colegios e institutos y unos pocos alumnos, pero de los que están matriculados, estudian y sacan buenas notas.
El primer punto del orden del día sería una ucronía, divagar sobre lo que hubiera pasado si en el Congreso de los Diputados la mayoría de los partidos acordara un plan de educación llamado a permanecer en el tiempo. “¿Hubiera sido la hostia, eh? Comenta Wert, jocoso, mientras la compañía respira aliviada porque entienden que si eso fuera cierto, no tendrían absolutamente nada que hacer.
Luego, para solucionar el tema lo más rápido posible porque soy de esa gran mayoría de españoles responsables y conscientes de que la educación es el mayor problema que existe en nuestro país desde hace décadas, planteo los siguientes puntos a tratar de manera sumaria: las clases de religión, los idiomas en que se darán las clases y la nota mínima para conseguir ciertas becas universitarias. ¡Con dos cojones!

Los finales

Siempre he pensado que acabar algo importante es una de las cosas mas complicadas que existen.
Es fácil empezar algo, solo necesitas cinco cervezas para jugarte la vida por un proyecto tan condenado como ser psicoterapeuta especializado en gatos de Damasco.
Lo que hace grande a un hombre es saber acabar la historia de lo que empezaron indolentemente un pajillero y una niña mala cuando llega el fin. Admiro a un chulapo cuando la mujer se agarra a su brazo y le mira con ojos arrobados, me encanta cuando ella se suelta y se da el filete con el chico gordito que estaba a su lado roneando sin darse cuenta de que tenía novio. Este cabron también tenía pareja, pero su mujer cuidaba a la hija. Había un marido gordo como un cebo que despreciaba a la mujer besando a cualquiera que se arrimara. Pagando copas, siguiendo la música que pusieran en el momento adecuado. Nunca le sorprenderían en un sitio para ligar porque si alguna vez has matado un ciervo sabes que o estás en un puesto ideal o has pagado demasiado dinero. Ninguna de las dos opciones derrocha moral. Un final es siempre mejor si acaba con un silencio estruendoso.