El libro mágico

Un libro aparece y desaparece sobre mi mesita de noche, lleva meses ocurriendo y es algo sobrecogedor. Cuando algún cursi habla de la magia de la literatura yo suelo asentir con educación y tras unos prudentes treinta segundos me excuso para ir al baño pero esta vez la situación se está enquistando y tengo que pedir ayuda. La causa de este enigma va perdiendo importancia con la misma fuerza con la que aumenta mi intención de buscar un significado al mismo. El primer paso es preguntarse si hay que extraer un sentido a todo esto y queda superado al entender que nunca antes en la historia de la magia se han concedido poderes sin una excusa: Merlin tenía que crear Camelot, Gandalf la utilizaba para que los Pueblos Libres decidieran su propio destino, David Copperfield para casarse con Claudia Schiffer y Juan Tamariz para simular que toca el violín justo después del truco.

Una vez seguro de que hay que buscar un mensaje providencial hemos de pasar del género a la especie. ¿Es importante que un libro cualquiera se presente y se desvanezca o a lo que hay que prestar atención es al título? No quiero pecar de pretencioso pero si alguien o algo hubiera querido decirme que la literatura era importante lo habría hecho hace años, y lo hizo pero no así. Descartada la invitación a la lectura, así en abstracto, voy a hablar del libro que es Saber perder de David Trueba y ahora todo cobra un sentido atronadoramente elegante.

David Trueba es de esos tipos que te cruzas por la calle de la Palma y parece que están andando por un pasadizo secreto del Louvre, no consigues hacerte a ellos muy rápido porque te hablan suave y profundo pero miras con sutileza bajo su chaqueta esperando encontrar una camiseta con el logo de una compañía japonesa de videojuegos. Tiene una trayectoria brillante, una sensibilidad obscenamente humana y racional, y a pesar de que la Gala de los Goya de la otra noche me pareció la actuación de fin de curso de un colegio marianista el cabrón de Trueba le dio un poso y una dignidad que le hacen a uno reconciliarse con esa gente, por muchos mediocres analfabetos que se pusieran hasta el culo de gintonics en el Auditorium.

Con este corolario llegamos a la conclusión de que mi libro hechizado me invita a hacer inventario. Siempre he creído que mi imagen de digno perdedor me otorgaba ese halo, mitad misterio mitad lástima, que sería útil con las mujeres y con los gatos, sin embargo en el momento en el que empiezas a ganar el tejido de esa manta protectora se va aligerando hasta quedar únicamente jirones de impostura, algo así como si Sherlock Holmes no encontrara su coche en el aparcamiento de Barajas.

Los duendes quieren que aprenda a perder.  Me miro en el espejo y veo un ganador con pose de perdedor, un hombre ligado a un viejo profesor con chaqueta de tuit, un Momo que tira piedras a su reflejo, una llave maestra en un pasillo sin puertas, Odiseo fingiendo estar atado al mástil. El libro se ha de quedar en la mesita de noche y si alguna vez gano un Oscar en mi discurso tendré unas cariñosas palabras  de agradecimiento para David Trueba.

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